El tiempo en los ojos: fragmento

A Froilán Escobar y su largo viaje a la memoria

El olor a albahaca marcaría siempre en su mente aquel encuentro de dos miradas casi estupefactas, columbrándose pupila a pupila mientras la tarde ardía en el fondo iluminado de la colina, su frente aún el terso espejo de una carne trémula y ansiosa. Y a partir de entonces, cada vez que sus narices percibieran el dulcete olor de la hoja triturada, ella vería una puerta, y tras la puerta un hombre, un hombre envuelto en aroma a pesto, a especia recién machacada, un hombre que la miraba. Así aunque estuviera en su cuarto, sentada en el porche, mirando el atardecer o como hoy, más de medio siglo después de abrir aquella puerta, con su piel de juventud trasegada por un cuerpo habitado por memorias desteñidas, una vida que no es más que el tenue suspiro de la remembranza pasajera, un instante que cabe en la desidia de un recuerdo, ella frente a un plato de espagueti con dos docenas de niños y niñas alrededor, y con ellos sus padres y madres: veinticuatro niños y niñas que la llaman Tita y que le preguntan: Tita… ¿En qué estás pensando? —mientras ella mira en torno suyo tantos ojos que son como espejos de una imagen esfumada como el alba, como el olor de la albahaca, dos ojos que penden de un alféizar, dos ojos mirando hacia el más allá, dos ojos que no son los de su esposo Ramiro, como no olía a condimento la catinga de su sudor agrio, montaraz, mezcla imposible de la trasudación vasca de su padre emigrado —como si consigo hubiese cargado la esencia de aquellos lejanos montes con nombres casi cabécares, casi como los mismos que pronunciaba la madre de Ramiro para nombrar montes más cercanos… ¿Sería por eso que se entendían tanto? ¿Es posible unir dos razas distantes por la similitud de las palabras que sus bocas echan a volar?

—Oh… Nada, mi hijita, es que la albahaca fresca… —dirá a sus bisnietos, a la cohorte que la observa desde dos docenas de ojos color sol, ojos fulgurantes como rayos dorados, iris trepidantes color amarillo en los que la cara de ella se refleja igual que la viera aquella vez sobre un iris similar, al abrir la puerta a un hombre oloroso a hojas de mediterráneo, con una maleta de géneros al hombro, la frente morena tamizada por el sudor de la caminata bajo el sol; un hombre que la mira desde una sonrisa, un par de ojos que penden de un alféizar, un par de ojos que no eran los de Ramiro, el tono fosco de los ojos de su madre cabécar, que hechizara la mirada azul de un vasco extraviado en tierras lontanas, un hombre que no supo luego manejar el carácter mudo y dictatorial de la mujer, criada en el matriarcado ancestral de su gente, un hombre que vio su poder de macho reducido a un rincón del rancho diminuto, donde barboteaba injurias en un lenguaje arcano que parecía chocar indefectiblemente con el autoritario mutismo indígena de su mujer.

* * *

Hubo una vez, recuerda ella, al inicio de aquella historia, un hombre y una mujer, de razas separadas pero unidas por el distinto sonsonete de sus lenguas conquistadas: él, obcecado obrero de ceceo marcado, oculto en su rincón, un hombre venido de un mundo llamado antiguo, del que partió seducido por los embustes de un pillo francés; ella, una matrona delgada y reseca con fama de hechicera, su cuerpo agostado remembranza ulterior de su cuerpo juvenil y de una aldea perdida en la espesura intermontana; ella, víctima expulsada del hogar por mor de las nuevas costumbres que impedían las visiones, la comunión con el antiguo dios creador, Sibú, buen padre desterrado de la tierra que él mismo creó. Un hombre y una mujer que se amaron, quizás, que tal vez conocieron un instante, una realidad como aquella lejana que la envuelve a ella ahora mismo, un hombre extraño cruzado sobre el lecho, mientras su nariz ya de mujer vieja inhala el pesto derramado sobre su plato y en el suspiro absorbe su recuerdo pasado en medio de la gritería infantil.

* * *

Ese lontano ayer, ella molía albahaca, apisonaba la yerbita seca sobre el fondo de porcelana del mortero escaso, con un poco de manteca de cerdo derretida a falta de aceite de oliva, un ajo picado y orégano criollo en pizca, para no tapar con su filoso tufo el dulce aroma de la yerba extranjera. Esta la había traído Ramiro de su último viaje a la capital: tres hijos en un pañuelo, comprados a un marchante italiano de bigote encerado que se instalaba día con día con su carretilla en las callejas aledañas al mercado central de la ciudad. El tútile siempre en camisa de mangas arrolladas y cuello desabrochado, extendía por el escueto dominio de su carretilla una cohorte de yerbas que desfilaban desde tomillos en ramito y rollos de culantro, hasta hojuelas de laurel y manojos de perejil; yerbas que cosechaba en una huerta clandestina en medio del cafetal de otro compatriota. El taimado, voz en cuello, convocaba con acento calabrés a su feligresía, y entre sus clientes contaba incluso la mujer misma de su ingenuo proveedor, que día con día le compraba especias para aderezar las pastas de su nostálgico marido, sin que se despertaran nunca en su intuición suspicacias sobre el origen casi familiar de aquellos sazonadores. Ramiro, atraído por el conocido nombre que tanto oyera a su padre, saliendo de la boca de anchos carrillos del marchante, y ya más cerca, antojado por el olor de aquellas hojas oscuras, había comprado la albahaca más con la idea de un disfrute inmediato una vez de regreso; pero luego, antes de acometer el largo camino de vuelta, pensó en la posibilidad de lograr un suministro más duradero con aquel hatillo de verdes hojas, por lo que, durante las cuatro noches que duró su periplo por postas y fondas de paso, antes de acostarse a descansar, sacaba los yerbajos de su envoltura para sumergirlos en el agua de una jofaina o bacinilla, y así despertarse a la mañana siguiente coligiendo, del aire recargado del cuartucho, el tenue olor rejuvenecido de la yerba viajera. En su mente agotada por el trayecto, eclosionaban entonces en medio del sueño visiones de huertos cubiertos de albahaca fresca, mientras él, parado en el zaguán de su casa, abrazaba a su esposa embarazada al fin.

«Si fuera tan fácil echar hijos en este lugar», se preguntó luego ella, cuando su esposo le mostró la yerba escuálida envuelta en el blanco pañuelo, la yerba que fue inmediatamente transplantada y que se secó bajo el sol holgado de la costa árida: tres hijitos verdes muertos sobre el huerto apisonado y escardado, que pudrieron su savia en medio del torrente caluroso de la sequía, que ella desganadamente intentó aplacar con escasa agua de pozo y la sombra de una rama de naranjo plantada junto a los tres retoños, así hasta que uno repuntó, uno que, sacando fuerza del suelo extraño, retuvo el influjo vital que genera siempre la muerte de otros, condición necesaria para empujar la progenie del superviviente hacia lo desconocido, porque, si la muerte es certeza, la vida es una absurda incógnita que solo la misma muerte soluciona.

Pero, ¿qué muerte irá a fecundar entonces mi vientre estéril?, caviló luego ella al mirar el tesón de la planta obstinada, sintiendo al mismo tiempo su matriz seca como las dunas de la playa, que tras ocho años de matrimonio no había producido sino el lunar flujo sanguinolento, confirmación cruel del intento fallido, que la hacía bajar la vista ante la suegra bruja y silenciosa, ante el suegro encogido en su mirada zarca, farfullando sandeces en su rincón, un par de ojos azules que no eran los de Ramiro como no eran los de su hija, una mirada azabache de reflejos brillantes, no un par de ojos amarillos tendidos sobre un alféizar de ventana sin cristal, no un par de ojos que tocaron su puerta una calurosa tarde mientras ella molía albahaca, y que la miraron mientras ella abría la puerta y el aroma de la especia triturada iba a impregnarse en la dermis sudorosa de un extraño maleta al hombro, que, descubriendo su cabeza del sombrero manchado, mostró una cabellera rojiza aplastada por el sol y una sonrisa blanca que pidió permiso para entrar.

Bajo licencia CC BY-NC-SA.

Creative Commons BY-NC-SA

  1. Deja un comentario

Dejá un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: