El empuje revelador de los instantes

por Froilán Escobar

El abordaje de este libro de Alfonso Chacón es avasallador. Desde que arranca. Porque aunque solo dice en las primeras líneas que “Hay un hombre solo en una cama”, el acercamiento a la situación en que vive, a partir de ahí, es brutal, poliédrico como los ojos de la mosca que (“quieta en el cielorraso”) lo mira desde arriba. La multiplicidad de planos, narradores y miradas que se suceden sobre él y sobre ese simple escenario (desde afuera de la historia, desde adentro, y de y desde el personaje y los múltiples detalles que obsesivamente aparecen) pareciera como si así se buscara acortar la distancia con este hombre 0, como si al decirlo repetidamente desde diversas perspectivas, se intentara la búsqueda de un sentido o, simplemente, desnudar al ser humano.

La indagación reiterada resulta un acicate. Está resuelta, cinematográficamente, a golpes de imágenes y de elipsis, que comprimen poéticamente los límites de lo que se dice. Su escritura en suspenso, abierta y claramente concentrativa, es un modo de representar la historia, el mundo que construye, mediante insistentes focalizaciones, que añaden un sorprendente dinamismo a la narración. Hay tensión y tersura. Hay una minimalización del lenguaje: recto en muchas ocasiones, casi cortante, contrapunteado con imbricaciones metáforicas y un depurado río de detalles. Diría que así intenta nociones que trazan un designio que me parece sustancial: el de colmar la curiosidad por lo real desde Ia perspectiva de un personaje. Un personaje que parece que lo ahoga su masturbada imaginación, con la que trata de escapar al vacío de la incomunicación, el fracaso y la soledad.

Me gusta ese hallazgo y formulación en la que la realidad, por momentos, como producto de una disección o un tratamiento quirúrgico, suena irreal. Suena casi kafkiana en las escenas, por las atmósferas delirantes que envuelven a este hombre. Hay, además, un inusitado juego con el tiempo, en que, por momentos, incluso, crea la sensación de que el futuro (como en la excelente película sueca, Reconstrucción), también puede ser pasado. Eso hace que la escritura, que estructuralmente se articula en torno a muchas operaciones narrativas, desde las más densas hasta las más ligeras, se conviertan en un espacio integrador que nos muestra, casi revulsivamente, la contradictoria y a veces desoladora condición humana.

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