Cuentos improbables: la sabrosa realidad del gallo pinto

por Froilán Escobar

Desde luego, es muy improbable que el paraguas se encuentre con la máquina de coser sobre la mesa de disección, o que al abrir la puerta del ropero nos topemos con un león cuando estábamos seguros de que ahí colgaban nuestras camisas. No obstante, aunque Alfonso Chacón nos diga en su título lo contrario, en este libro de cuentos el lenguaje, al trenzar con su enjambre de relaciones un espacio, hace posible lo improbable: hace que una mujer que alguien ansiosamente espera mientras mira la tele, al sonar el timbre de la casa aparezca en la pantalla y no en la puerta, y que la realidad física del encuentro entre los dos -que sigue entonces sobre un sofá, con prolijidad de espasmos y detalles de sexo-, al final sea algo que en verdad ocurre pero por separado, en la cabeza de cada uno, porque los dos, también por separado, se habían metido dentro del mismo sueño.

En sus cuentos la realidad ocurre como ocurre la realidad en el gallo pinto: mezclada, soñada con multiplicidad de olores y sabores. La realidad para Alfonso, puesto que incluye al hombre, lo incluye a él, que tiene la manía de inventar cuentos improbables. Pero como la realidad en la que estamos inmersos, por suerte, es infinita, hasta la misma ciencia apela -como Alfonso-, a lo fantástico cuando descubre algo nuevo que siempre estuvo en la realidad, pero que, paradójicamente, aún no existía.

Y volviendo al gallo pinto: Alfonso se deleita sirviéndole al lector (con sabroso humor o con buscado erotismo) las palabras en plato hondo. Sus temas y personajes viven en un lenguaje que los nutre con impulso inquietante y fabulador. De ahí que sus cuentos practiquen o posean esa extraña facultad de la hermenéutica, que permite que los signos hablen y nos descubran nuevos sentidos, haciendo que los límites acostumbrados del mundo se borren, y que las semejanzas visibles, al remitirse a otras similitudes insospechadas -que yacen ocultas en las palabras o que las propias palabras engendran-, hagan posible esa analogía que empalma secretamente los extremos, y ocurra entonces lo insólito, lo maravilloso.

Pero esto que le pasa a Alfonso, nos pasa a todos. En el lenguaje coloquial los extremos también se tocan a cada rato, cuando decimos, por ejemplo, «tamaño poco». Tal incongruencia, a fuerza de utilizarse, ha llegado a ser un lugar común, sin que nadie -de los muchos que intercambian la metáfora a diario-, se sorprenda o se asombre de oírla o pronunciarla. Es decir, lo insólito no sólo sucede como algo normal cuando hablamos sino que, incluso, nos valemos de lo insólito para expresar lo cotidiano.

Y ese es el mecanismo de que se vale Alfonso. Mediante un juego interno de asociaciones hiperbólicas, logra crear una zona en que la realidad puede ser tocada por la irrealidad constantemente. De ahí que, en el relámpago de sus cuentos improbables, todo sea posible. Hasta puede suceder, incluso, que lo más visible, para verlo, haya que descubrirlo, porque paradójicamente sea lo más oculto. Así pasa en «Reclamo a los dioses», donde un personaje empuja su barca por el río, mientras repite obsesivamente, luna y otra vez, con tono de imprecación: «¡Miserable negro, miserable negro!». Todo parece indicar que se refiere al hombre que lleva a bordo y que acaba de matar porque lo sorprendió con su mujer. No parece haber otra interpretación posible.

La brújula de la lógica y de la historia que nos cuenta apunta hacia ahí. Sin embargo, de repente, las palabras dan un imperceptible giro y, al tirar el cuerpo en medio del río por donde empuja su barca, se produce, con una frase, un pequeño desplazamiento, una inesperada alteración de la realidad. Como consecuencia, cuando dice: «¡Miserable negro, miserable negro!», ya no se refiere al hombre con el cual su mujer lo ha traicionado y que por tal razón acaba de matar, sino que estaba maldiciéndo­se a sí mismo … por haberlo -¿o haberla?- matado.

La realidad del hombre que empuja la barca es una ficción. Nos hace creer que él es él, pero en verdad es el otro. Lo único real es su culpa. Alfonso es un explorador de la palabra que sabe que la palabra y la razón no se llevan. Para representar lo real, para abolir la contradicción, viaja hacia adentro, hacia la conciencia y los sentidos, hacia los deseos, los rechazos, los temores, los absurdos o las irrealidades de sus personajes, o de sí mismo. Es su búsqueda. Es su manera. Lee en el lado más oscuro para mostrarnos con más claridad el mundo.

Todos estos cuentos podrían suceder un miércoles, no sólo por la vocación que tiene este día de antinomia, de disyuntiva, de opuestos -siempre está atravesado-, sino por lo que hay en él de ambigüedad, porque tiene tanto de lunes corno de domingo. Es decir, los cuentos de Alfonso -como el miércoles- se asemejan a la baraja: sus espacios son canjeables, reversibles, multiplicables. Y esto es posible, porque el lenguaíe que se entreteje este hombre timidabundo es mágico. Está contaminado de pasado y de futuro, de cotidiano y mítico, de locura y de sueño. Ahora bien, en estos cuentos improbables que le ocurren a Alfonso, se esconde -como un juego- la certeza de que la realidad toda es improbable, incodificable, irrepetible. Por eso, cuando le ocurren a uno como lector, toma conciencia de que las palabras representan mejor la realidad cuando ríen.

Y eso es lo que hace Alfonso de cuando en cuento («Despedida», «El gordo Valenzuela», «Fantasmas de semáforo»), se ríe sin conmiseración de la cursilería, de la falta de irnaginación y de la mediocridad pintoresca que aqueja al ser humano. O sea, sus cuentos también sirven para vernos sin complacencia. Se ríe, sin pedantería, de los temas sangrantes, de la doble moral y de los más allá y de los más acá que forman y conforman nuestra cotidianidad doméstica.

La urdimbre que él teje como un espacio común para sus once cuentos, más que un lugar de relaciones, es para quien lee un lugar de revelaciones. Alfonso no busca los fáciles espejos, sino desconcertarnos a nosotros de nosotros mismos, al poner en precario nuestra pobre y consuetudinaria lógica, al mostrar el revés de las palabras, que hace que las cosas entren en otro medio al parecer ajeno o distante. De esta manera logra que se verifiquen contactos más esenciales entre lo real y lo fantástico, entre mundos aparentemente enemistados. Ese es el elemento estructurante de sus cuentos. Esta es su manera de dar testimonio del ser humano, desde adentro, sin pedir permiso a los aduaneros de la realidad, usando, como única justificación, su derecho a soñar, a darle presencia real, imaginación mediante, a lo que todavía es fantástico.

Alfonso, digámoslo de una vez, es un escritor realista que inventa la realidad cada vez que le da la gana, no sólo para hacernos ver sus deformaciones y aberraciones (especialmente cuando recurre a su punzante humor como forma de cuestionamiento, de impugnación), sino para hacernos ver, como quería Leopoldo Marechal, que es real todo cuanto sale de la nada.

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