Cuando los ángeles juegan a la suiza: fragmento

Se previene al lector

Advierto a aquellos que osen ver en este trabajo menciones con mala intención o calumnias solapadas, que todos los personajes y hechos que aquí acontecen son invención propia del narrador. Este es solo un personaje más, preocupado por no herir la susceptibilidad de vecinos, amigos y desconocidos, quienes tienen debidamente protegidos sus derechos constitucionales, los cuales son respetados en este texto aunque alguno pueda ponerlo en tela de duda.

Cualquier semejanza con personas o hechos reales será una azarosa coincidencia: ¿qué culpa tiene el pobre narrador -obrero a mi servicio- de que la realidad se esmere tanto en parecerse a la ficción?

Atentamente,

El autor

Leave out the fiction-
The fact is,
This friction,
Will only he worn by persistence

Rush
tomado de «Vital Signs»
Moving Pictures
, Mercury Records. 1981

«-¿No han vuestras mercedes leído -respondió don Quijote- los anales e historias de Ingalaterra, donde se tratan las famosas aventuras del rey Arturo… , de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no murió, sino que, por arte de encantamiento, se convirtió en cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a cobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probará que desde aquel tiempo a este haya algún inglés muerto cuervo alguno! Pues en tiempo deste buen rey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance en nuestra España, de

Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino…»

QUIJOTE. l. 13

Obertura plagada de raconti (A ritmo de merengue anglicanizante)

Opening With Flashbacks

Si Dios fuera pobre
todo cambiaría…
Pobre sería el Papa,
pobre la Virgen María…

Donde se nos presenta a doña Aurora de C., señora respetable, e inicia esta novela

He aquí una casa grande, habitada por aquellos de tan augusta estirpe que jamás se preocuparán de qué comer mañana, siendo que su anquilosada angustia se debate en afanes para digerir el almuerzo de las dos y así llegar hambrientos al té de las tres.

La casa es blanca, de dos plantas y, vista de lejos, el trazo geométrico de su fachada bien semeja el paladium típico helénico: techo triangular con su ángulo obtuso exactamente sobre un balcón central, que sirve como marquesina también. De la calle, un sendero empedrado lleva -atravesando el jardín de césped raso y rosas injertadas- hasta la puerta, a la que se llega escalando tres gradas bajas, donde el visitante se encuentra entre dos columnas corintias de anchos capiteles que soportan el balcón y su balaustrada.

Entremos por la magna puerta principal, con exquisito batiente de madera tallado en delicados trazos de gubia artista y ventanucos de opaco cristal labrado, con flores entrelazadas en arabescos corrongos. En su interior, multitud de pasillos y habitaciones, recámaras y armarios gigantescos se adivinan desde el vestíbulo de piso marmóreo, con dos repisas de albos detalles clásicos a ambos costados de la habitación, y enfrente una escalera alfombrada cuyos pasamanos paralelos se separan graciosamente en una leve curva simétrica, al acercase al suelo las mutuas balaustradas. Pasemos de lado y sigamos por el pasillo lateral izquierdo, ignoremos la escalera gloriosa, ya la recorreremos más tarde en multitud de ocasiones. El pasadizo se interna -estrechándose contra las paredes al seguir su camino- y desaparece de la vista de quienes ocupen el vestíbulo. Rodea la casa lateralmente y conduce a la cocina, salvando la sala, el cuarto de TV, el estudio y el comedor con mesa para ocho -patas torneadas de tonos lapialázuli, tabla caoba de reflejos laqueados, sillas con tapicería bordada en detalles aterciopelados- y encima la araña de brazos dorados con florecitas de remate donde colocar las bombillas en forma de llama. La puerta giratoria que remata el corredorcillo descubre una segunda escalera de caracol, la de servicio. Tras ella la cocina ya es de tono más modernista: Formica opaco el pulcro blanco en los armarios, puertas con rodines, gavetas silenciosas con manijas negras de plástico italiano, vasos y vajillas ordenadas en los anaqueles alrededor, el largo mueble del fregadero con tabla extensa para picar, limitado por la refrigeradora White Westinghouse en idéntico tono albo, con doble puerta, expendedor de hielo en cubos y frappé, y al otro extremo la estufa Kenmore con reloj digital. Por todo sitio, artilugios redentores que alivian cualquier miserable existencia; maravilas del adelanto tecnológico: procesadores, licuadoras, horno microondas, en fin, cocina de revista, de Buen Hogar, de Good Housekeeping, donde no nos sorprendería ver irrumpir a Angélica María, huyendo de las importunaciones de Raúl Vale, o a Verónica Castro, vestida con corto vestido de servidumbre. En el centro de la pieza, una mesa redonda y negra -ébano artificial que recubre el mueble circular y las seis sillas en rededor-nos corta el paso-. No importa, aquí es donde nos debemos detener.

¿Ven a esa mujer? ¿La que, sentada sobre una de las sillas, contempla ensimismada el televisorcito mientras masca su Quaker Oats & Bran? Es doña Aurora, ilustre dama de sociedad y heroína de este panfleto amarillista. Observémosla un breve instante antes de proseguir, no prestemos atención a la imagen televisiva, al sacerdote de cara fulminante, carrillos inflados de tono sanguíneo, ojos saltones, nariz puntiaguda, labios regordetes en sonrisa estereotipada que admoniciona por la pantalla; veamos a la mujer. Parece alta -aunque por estar sentada no lo podernos asegurar-, de buena y esbelta figura, cabello ondulado esparcido en mechones caoba, tez ligeramente oscura y ojos verdeagua de pupila penetrante, nariz recta, rostro triangular, largas piernas ocultas bajo una bata de seda hasta los tobillos y un par de pantuflas de peluche con sendas rosas de fieltro.

La mujer, sin saberse observada, despega los ojos del cura televisivo y mira la faz calcárea del reloj Timex, pendido en la pared: las siete, las tempraneras siete de la mañana de hoy… ¿martes? ¿miércoles?… No… miércoles, porque ayer fue la barbacoa donde los Cla­har… ¿o fue anteayer? Entre las confusiones de días calcados unos con otros, repetidos con rigor británico y pompa española, lo único que tiene claro la mujer es que hoy celebra su natalicio. Se lo ha asegurado su hija mayor, regalo en mano, parada en la puerta por donde habían salido marido y demás hijas, y ella entonces supo: el primero sin su nana Lupe, quien por primera vez en treinta y ocho años no apareció su cuerpo rechoncho de piel cetrina por el fondo del corredor, con un saludo ronco y el regalo envuelto en papel estampado de jirafillas rosadas:

-¡Feliz cumpleaños , niña Aurora!

Pero, ¿quién narra?

Empero, antes de seguir, he de detenerme y justificar mi presencia, como narrador circunspecto que soy: lo admito, no es mía esta ficción. Alguien -llamémosle autor- me ha encargado esta narración, a cambio de unos cuantos pesos y derecho a elucubrar. Así pasó: yo dormía, no podía ser más lejos que ayer. ¿Dónde? Esa es pregunta oscura. No era consciente entonces de mi existencia. De pronto, sentí un codazo, y alguien me dijo: -¡A contar! -y yo tomé el encargo, sin saberme real o soñado, y vine a esta casa y encontré a esta mujer. Una mujer cuya historia es el centro de este libelo, porque es lo que me han encargado: fisgar su vida, por dentro y por fuera, y así darle a mi patrón buen pago por su dinero.

Pero volvamos al relato: yo solo narro, no tengo importancia. Ustedes relájense, tomen un refresco, acomódense en su poltrona, y si quieren preguntar, háganlo. Al fin y al cabo, es solo una historia, y ustedes habrán escuchado mejores: les doy derecho a opinar. Por mi parte, solo digo lo que me han contado. Volvamos a la acción.

La mujer, sola, mira el televisor. En su mano queda la cuchara, suspendida. Escucha la perorara que sale del aparato, siente que necesita confesión: es buena católica, me consta por los apellidos. (Me los refirió quien me ha contratado, junto con la dirección de su residencia, escritos en un papelillo que me sirve de prueba contractual). En otras palabras, me explico para los cortos de razón: la mujer cree en la liberación a través de la melopea catártica. Y aunque prefiere más ese salmodeo oscuro que se produce al relatar temores y vergüenzas en un confesionario de maderamen apolillado, las circunstancias (que ya veremos) y la insistencia de su amiga Maruja (doña María Eugenia, para notas de sociedad) la han hecho apelar a la ciencias subjetivas. Ayer mismo, por ejemplo, relataba su vida al psicólogo renombrado que su amiga le recomendó: un gurú mexicano que visita cada mes el país, y que en cortas sesiones de estilo zacateca desentraña nudos existenciales. Es fácil conocer su método, basta mirar en la memoria de nuestra heroína.

Bajo licencia CC BY-NC-SA.

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