Crónicas del regreso

Hay días en que sólo el viento sopla y la pampa es como un mar de sal que arde en llamas y por los caminitos van los sabaneros siguiendo las reses y en las casas están sus mujeres gordas de brazos oscuros que amamantan sus críos llorones, como si adivinaran, en esas llanuras, que de la soledad a la que han nacido condenados sólo hay una manera de salir. El sol alfiletea los ojos y las pieles son rojas y los labios partidos, y hay gente que dice que los cholos en esta tierra son más hijos de África que de Niyatl, porque hubo un tiempo en que los hombres fueron embarcados a la fuerza por otros de tez más clara para una guerra contra un príncipe que se sentaba en un trono de oro macizo, y los que vinieron en su lugar eran hombres de cabellos apretados y voces duras de hierro, que cantaban a lPortada-2a noche con un dulce quejido. Pero esa historia es vieja y ya casi no se recuerda más que en la brisa fresca de las tardes de fin de año, cuando se habla de cómo antes, con el sol moribundo del equinoccio septentrional que se vive en estas latitudes, se daba lugar a temores más básicos y los nativos corrían a los lupanares y a las iglesias porque estar juntos, piel contra piel, sudor encima de sudor entre rezos y jadeos, era la mejor manera de olvidar el escalofrío de la pelona cuando ésta se aproxima.

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