Señores del Mictlán

De la colección Crónicas del regreso.
Publicado originalmente en revista El Caimán Barbudo. La Habana)

Para Jessica Clark Cohen,
que leyó este cuento hace mucho

El hombre estaba inmóvil. Corría una brisa y el aire húmedo era como un océano que le golpeaba la figura y lo hacía apenas pestañear. Dígame, dijo, usted irá a sopesar si mis palabras son ciertas. Sostenía un pipa en la mano izquierda, con la diestra rascaba de un perro la cabeza, el perro casi ronroneaba, la lengua afuera a pesar del fresco que entumecía. Yo, sin embargo, no pretendía mostrarle piedad: le miraba fijo, ahí, sobre una silla que era como un altar, mi pistola sobre el regazo. Era como una confesión.

El sol ya no estaba alto; un silbido de jaúles y juncos aporreados por el viento azurumbaba la habitación y con la luz restante era casi imposible discernir; el viejo había encendido una lamparilla antes de postrarse en la silla, acomodándose entre las piernas las dos cadenas que le ataban de pies. A mí me quedaba aún medio vaso de ron en la mano y el viejo parecía iba a decir algo: —Usted debe entender, aquí en mi solitario devenir, yo no hay argumento que no domine, me arrepiento de no haberme arrepentido antes, no más. El padre Guzmán murió y eso ya no cambia: hice aquello porque no había otra salida.

Al manifestar lo anterior ya no me cataba, podía yo sentirle las pupilas años atrás. Pero si había fijo prendido en mi imaginación era el cuerpo del cura hecho jirones, un cristiano rebanado y carmesí sobre una cama también destrozada y afuera los gritos de las monjas que administran el asilo. Un cuerpo que había sido entero si bien anciano y en lo que fuera su mano un bodoque de papel, con dieciocho nombres de dieciocho desconocidos. Luego otro nombre, el del viejo, al final. La monja portera había afirmado: —Ese llegó ayer mismo. No recuerdo su salida; sí su nombre y la figura.

En la comisaría se hizo la averiguación: dieciocho muertos sin conexión aparente eran los de la lista, en diferentes épocas, a lo largo de casi dos décadas, hombres, mujeres. Los más disparejos: una niña de trece, un anciano de ochenta y dos, sabaneros y un médico, una maestra de danza, una madre embarazada de profesión costurera. Dieciocho personas asesinadas al anochecer, de un tiro en el corazón. ¿Asesino serie? ¿Loco criminal? La distancia temporal entre los casos, además repartidos por toda la geografía, no había jamás despertado la sospecha de una relación, no hasta este día, en una lista, los dieciocho. Y sin embargo el cura: ¡la suya había sido despedida atroz! No un simple balazo en el pecho. Su cuerpo, lo que restó para cremar, era irreconocible en su mayor extensión.

Al último nombre se le ubicó no lejos, en una finca abandonada en medio de los montes espigados que otean hacia la ciudad, una casucha restante de lo que fuera una lechería, entre galpones derruidos y filas de tarros metálicos cubiertos de orín. Hicimos viaje en patrulla esa misma tarde. La edificación de madera podrida era como un espectro inverosímil: al subir los escalones de su portal llegué a sentirme caminando sobre el aire, entre la niebla y la llovizna. Pero la puertucha había resistido mis capirotazos y un ladrido de perro confirmó mi presencia. Mi asistente permaneció atrás, la pistola amartillada. Al entrar había sido un olor a moho y viejo, y una voz que solo repiqueteó: —Lo esperaba.

Ahora el tipo sopesaba su respiración, una o dos pausas, y luego contaba: no había pedido de clemencia en su tono. Ni siquiera había rastros de ocultamiento. Vestía aún sus ropas de trabajo ensangrentadas, un pantalón oscuro, una camisa mohosa con un parche bermejo en el pecho y aquellos pies desnudos atrapados en sendos grilletes. Sin embargo, yo quise esculcar aquella situación, evaluar la insania del personaje: —Yo lo manejo —dije a mi asistente mientras me apuntaba la sien con el índice—andá a dormir a la patrulla—.

Oráculo dispuesto, el viejo parecía incluso ansioso por relatar su miedo. Agradeció la despedida de mi asistente con un leve movimiento de su cabeza. Pero no le temblaba la voz: —Yo no podía sospecharlo cuando esto empezó, solo el padre Guzmán tal vez lo entrevió en alguna ocasión, supo que la culminación de algo tan horrible solo podía terminar así. Pero ambos éramos culpables también, mi crimen está en no haberme colgado hace años, en no tener valor para volarme la cresta y acabar rápido.

Se había levantado entonces, un cuerpo torcido, con la consistencia de un árbol nudoso de sabana caliente y reseca que hubiese sido mal plantado en estas montañas altas y fracturadas. Había caminado a pasitos, el tranco permitido por los grilletes, alzado su mano filosa hacia un anaquel. Me sirvió un vaso lleno de aquella botella de ron oscuro, puesto el vaso a medio camino de nuestra separación, y regresado a su silla, al lado del perro fiel. Yo había tomado el vaso, dado un trago antes de regresar igualmente a mi posición, la mano siempre con la pistola lista.

—Incluso —continuó—, mi inocencia es asunto que no busco. Las fuentes de un crimen no importan si se ya ha cometido: el buscar culpables es asunto de curiosidad intelectual. Lo cierto es que ningún daño es reparable con más muertes. Y sin embargo, hay que admitir que la venganza es al menos un bálsamo.

Mis ojos quisieron afirmar, pero el viejo ya tomaba el hilo de su relato: supe que el quid de aquello se apoyaba en la peana de la justificación, un holocausto es válido únicamente ante el altar correcto. El viejo ahora roncaba los vocablos, como una piedra jugueteando contra el fondo de un río seco:

—El cura, no lo niego, no era enemigo. Pero su muerte, la que usted ya me sabe, fue un asunto inevitable: íbamos de lejos destinados y creo que él incluso la esperaba.

Yo, sin embargo, no podía creer en la declaración como mera excusa. Ello motivado en mi recuerdo exacto: mi imagen mental del cuerpo anciano, surcado por cortes afilados, seccionado como en una autopsia de lujo. El carcamal ahora explicaba: —Un religioso educado, no de la camada local, mexicano, Veracruz, lugar de haciendas, cafetales, de temores y ranchos, leyendas. Como gran parte de la intelectualidad de su vasto pero desigual país natal, era estudiado en Europa, la búsqueda de la luz fuera de su tierra agreste. Pero en su caso, todo había revenido a una sed de búsqueda, de lo extraño, de aquello que nos hace diferentes. ¡Él me hizo cuanto soy! Él y su pesquisa desbocada.

Sus ojos hurgaban ahora los míos. Fuese quién fuese estaba terminado: en el borde de su confesión, parecía suplicar algo más que una exoneración, la voz sin una grieta:

—Yo era y soy un hombre ignorante, no recuerdo mucho más que aquello que me ha marcado, al cura lo conocí por medio de mi cuñado, hombre de rezos, hace casi tres décadas. Una tarde oscura de marzo, rara y conocida como toda tarde de primeras lluvias. Charlábamos mi cuñado y yo, en la cantina, costumbre de domingos calmos en estas colinas, cuando la brisa húmeda que baja del volcán obliga al resguardo bajo el cinc de las tabernas. Y entonces él entró, no se extrañe. Veo en su cara la sombra de la duda. Le explico: no portaba atuendo religioso. Un hombre alto, largo, seco en su aspecto broncíneo, atribuible a nuestro sol que al mediodía apenas despunta y calienta, pero que por la altura es doblemente justiciero. Y también a la raza, que se veía guardaba en el color más semejanza conmigo que con la mayoría de los que habitaban este lugar: emigrados más del centro, a diferencia mía y de los míos, hijos de la península del Pacífico. El hombre se sentó, saludó:

—El padre Guzmán—, dijo mi cuñado, contento. Era como un orgullo, demostrar que el ámbito de su relación común incluía a gente importante. Y yo le tenía compasión: había querido a mi hermana, los pocos años que la vida nos la había prestado. Pero pronto noté la incomodidad, percibí que en realidad mi cuñado no forma parte de círculo íntimo de aquel hombre al que llamaba sacerdote. Fue claro cuando mi cuñado intentó guiar la conversación por la pandereta y la sacristía, pues el tipo no ocultó su resistencia al sendero propuesto. Luego supe: se había conocido apenas el día anterior, es decir, mi cuñado lo había abordado luego del oficio nocturno sabatino, en las afueras de la iglesia neogótica donde el pueblo rendía sus cultos: era su costumbre, saludar a los curas que daban homilías abstrusas, en un afán quizás de creer su intelecto por encima de aquel del que le había tocado abusar. No era de extrañar entonces que aquello se escapara del control de mi familiar político. Yo, en cambio, hallaba en el trance diversión algo malsana.

—¿No cree usted que la herejía de estos pueblos, el alejar a la iglesia de la educación, es culpable de nuestros males? —dije ya luego de mi cuarto trago, el alcohol de caña pegado al resuello.

—La iglesia al púlpito —respondió el cura, oscuro, casi neblinoso, los ojos negros sobre un fondo amarillento, que me cataban el rostro mientras sonreía levemente unos dientes desordenados.

—Pero es responsabilidad divina—tercié, deseoso de polemizar—, lo dijo el apóstol, llevar el evangelio junto con la instrucción.

—Eso es asunto escolástico, yo diría casi tridentino: oponerse a la Reforma. Antes, no se preocupó mucho la iglesia por eso de educar. Bastaban los vitrales en las catedrales para enseñar al populacho ignorante.

Pronto supe a mi cuñado en retirada. El silencio o el sopor del guaro, poco a poco lo fueron absorbiendo. Yo en cambio, aburrido al principio por la compañía que esperaba anodina, fui retomando vigor. De pronto, era yo el que hablaba: —Pero esto que usted dice, suena a librepensador.

—No me malinterprete, caballero, soy creyente —y luego tomaba un trago de su refresco—. Pero no creo en la infalibilidad. —Mi cuñado no podía sostener por mucho más el halo de indiferencia de borrachera, pronto ideó una excusa para retirarnos, me jaló del brazo. Yo me despedí a regañadientes. Pero en la sangre portaba la certitud del reencuentro.

Así empezó aquel juego. ¿Dudó usted acaso de que lo pasado no estuviera atado una historia trenzada y multiplicada? Dos domingos más tarde, domingo con noche lluviosa de nuevo, en la casa de mi finca, sonó la puerta. Era el cura bajo un paraguas, los pies embarrados, de civil.

—He averiguado su residencia, disculpe. No hay muchos con quien hablar en este pueblo; tras la misa, solo restan ancianas y petulantes. Y el clima no invita a sentarse en el parque a meditar entre semejante compañía mientras espero el bus que me lleve de vuelta a la ciudad.

Reí la pulla, desprovista de disimulo. El tipo era un desfachatado. Me gustaba. Traía un libro grueso, de tapas rojas bajo el impermeable. Él percibió mis ojos clavados en el libraco cuando lo hizo salir de su costado.

—Le explico, no me gusta la amistad sin punto de apoyo y yo le considero a usted alguien inteligente como para buscar el paso del tiempo en un discurso inane. Me lo dijo la pasada conversación, que usted no parecía amigo de los lugares comunes con que el tedio salpica la conversación. Así que he traído este libro. Quizás le vaya a usted bien leyéndolo para comentarlo más tarde.

Su brazo rojizo me tendió el texto. Luego hizo camino sobre mi sala desnuda, los pies taconeando sobre los tablones de madera sin pulir, para ir a sentarse laxo en el banco más cercano, desde donde empezó a hablar de sus orígenes. Fue una hora corta, lo admito. En su hilación, reconstruía a un monótono pueblo veracruzano en forma de metrópoli. Su recuento fue de minucias pespuntadas de detalles sobre flores y arcadas, casas coloniales, mestizaje cultural, un mundo opuesto a mi pueblo de casas pequeñas y chatas y techos metálicos. Y luego pasó la lluvia, e igual de afable hizo su mutis, sin mencionar nunca el libro. Le dejaba el autobús, barbotó apenas, como quien da una excusa a quien no la merece.

Hojeé el libraco aquella misma noche, arropado por dos colchas, bajo la bombilla. Un compendio vasto, complementado a punta de recortes y transcripciones, notas de periódico, anotaciones al margen, todo en hojas aparte, generalmente adjuntas en los finales de cada sección. Me tomó dos días de lectura desordenada el percatarme de que la marginalia era en realidad lo importante, que el texto —un tratado sobre la licantropía y otras formas de metamorfosis—era más bien escueto y predecible. Pero aquí y allá sobresalían pliegos doblados con leyendas y observaciones transcritas sobre las múltiples razas que habitan dentro del ser humano: seres cuya existencia permanece oculta en circunstancias normales, que bajo determinados acontecimientos hacen su aparición. Así, casi sin notarlo de manera consciente, empecé a dedicar las noches a revisar los trazos difíciles de la cursiva restringida que utilizaba el cura. Acumulados, sobre mi escritorio iban quedando los recibos, las tablas contables, los registros de producción con que guiaba mi lechería. Mi único afán, una vez terminada la jornada de ordeños, arreos y traslados, era correr a mi escritorio, abrir el libraco, empezar la interpretación de aquellos textos escritos en letra menuda —entre los que destacaban extraños poemas que leídos en voz alta no proporcionaban sentido pero sí un extraño tremor vocal y rítmico—, o los amarillentos recortes de periódico sobre monstruos aparecidos en apacibles villorrios extraviados, valles lejanos y umbríos de América y la Europa antigua. Vampiros, hombres lobo, minotauros, mitos de mujeres hechas caballo: sobre los mitos y las apariciones de cien culturas, incluso demonios musulmanes de los tiempos en que Al-Lat compartía el panteón con los multiformes dioses del desierto, o diablos perversos de la cosmogonía hindú y tibetana, descendientes de Maya y sus hijas putrefactas que tentaron al Sakiamuni en su viaje al samadhi.

Yo entonces era un hombre joven, mediando la treintena, febril lector de revistas de ocultismo y magia, textos de bajo coste, repletos de citas de Gurdjieff y Crowley y Madame Blavatsky. Usted dudará de mi educación: no soy autodidacta completo, lo admito. Que hasta donde la fortuna me lo permitió asistí a clases en la ciudad antes de obligarme el tiempo y la expansión familiar a las labores del campo. Pero era lo mío un afán de conocimiento desordenado, de libros obtenidos en librerías de segunda y con coleccionistas de lo oculto, pues la finca se me daba bien y sin mujer ni hijos, tenía tiempo para divagar. Y admito lo siguiente. Que creía, es decir, me pensaba destinado a ser algo superior en un mundo lleno de fenómenos extraños e inmanejables: ¿no somos acaso una raza en constante progreso? La evolución viaja intrínseca en nuestra combinación biológica. Aquella amistad extraña era una invitación que solo parecía prestarse a mis deseos. En las tardes libres que me proporcionaba la prosperidad de mi lechería, hacía caminatas por las callejas húmedas y ventosas del poblado o bajaba hasta la ciudad cercana: eran paseos de contemplación, la mente absorta en una reflexión cuidadosa entre los paseantes, la gritería de niños y mercantes que desbordaban las aceras. Y en las noches de domingo esperaba la visita, la charla que iniciaba el cura, sobre este quid o aquel: sobre las costumbres provenzales de enterrar los muertos con los miembros triturados, o la maña bretona de colocar piedras sobre el pecho del difunto y sobre su ataúd, en sus afanes por evitar el regreso de aquellos idos del mundo de los vivos. Hablábamos de los ritos nocturnos europeos medievales, para hacer la oscuridad invernal más pasadera, y de cómo los habitantes del lago en el fondo del valle de Anáhuac sacaban a sus muertos de paseo una vez al año por sobre el lago helado de noviembre, sobre balsas con hogueras encendidas, de manera muy similar a como los paseaban a cuestas los malagaches, a miles de millas y cientos de años de distancia y tradición. Pero su objetivo final era siempre el punto de transformación: donde la vida mutaba y de la misma muerte se obtenía la evolución humana: —Grifos, quimeras, monstruos sioux émulos del vampiro europeo, que vagaban sobre las praderas interminables bebiendo sangre de búfalo y de tribus rivales, son todos símbolos del deseo humano por la trascendencia, por liberarse de nuestro cuerpo enclenque y limitado—afirmaba—. Incluso en su tierra natal, que sé está lejos de esta sierra inhóspita.

Una noche de domingo particular, que luego supe fue solsticio de verano, el padre Guzmán llegó un poco temprano sobre su hora habitual. El sol se acaba de poner, extrañamente era tarde seca. Yo tenía el cuerpo tumultuoso, agostado por el rescate de dos reses que habíamos localizado en los bordes de mi propiedad, ambas extrañamente descuartizadas con el salvajismo de un jaguar en una zona donde el último puma había sido visto no menos de dos lustros antes. El padre había pedido un café, preguntado por la faena que relaté sin detalle. Con una sonrisa velada había empezado de pronto a hablar: —Déjeme contarle algo, que es tradición olvidada en las tierras de en medio: junto al lago que fue Niyatl. Algo sobre los hombres de la nueva raza, maldición que portaban los primeros chorotegas de los que creo usted desciende. Lo cuentan algunas leyendas, guardé varias anotaciones, referencias a documentos en el Archivo de Indias, de cuando los hombres de Gil González Dávila hicieron irrupción por el sur de la península. Varios españoles juraron haber visto las figuras cernirse sobre ellos a picotazos antes de matarlas atravesadas de un arcabuzazo. Que luego aquel cuero infame, una vez terminados los estertores de la muerte, se transformaba en el de un indígena semidesnudo. Así lo contaban, pero los curas hispanos arremetían contra aquella herejía, de seguro ya instruidos en la perversión mítica de la licantropía europea. Pero el lugarteniente de Balboa y sobrino de su futuro asesino, Pedrarias Dávila, pensó mejor, al embarcar los indios mercenarios para el Panamá. Está escrito en los registros que sobreviven en la catedral limeña, bajo censura eclesial los vi en algunos textos de aquella época confusa, durante mis años en Cuzco: muchos de esos indios hicieron viaje con las tropas que en 1531 siguieron al aventurero Pizarro. Testimonios orales anotados con caligrafía de monje. Es asunto callado, que durante el embate final contra los que resistieron por tres años, ya muerto el Inca y Pizarro aliado a Yupanqui, las tropas imperiales que continuaban fieles al Twansintuyo, al tener que escoger su enfrentamiento entre los extraños barbudos y rubios y las tropas de apoyo, casi preferían lanzarse sobre los cañones hispanos que a escuchar los graznidos de los chorotega diseminados entre las demás tribus peruanas traidoras. Porque de pronto, en el medio de la batalla, surgía un largo chirrido, y de las huestes atenazadas por la infantería inca, surgía una figura oscura, las alas extendidas, que atravesaba la zona defensiva de la pequeña pero disciplinada falange chorotega, y crujía sus picos entre los restos de la aterrorizada infantería imperial.

Yo no columbraba la dirección de aquella historia. Él únicamente hablaba, como quien relata un hobby. De pronto, sus ojos resplandecían: —Yo creo que aún es posible lograr esa transmutación. He visto los cánticos, redactados en perfecto orden. Los he redactado yo mismo en ese mi códice compilado: ya los habrá visto. Pero es necesario alguien con la sangre fuerte de aquellos: no quedan muchos sin mancha castellana o mandinga, que sean verdaderos descendientes de los chorotegas originales y no hijos de los hombres con que repoblaron la península. Entonces he revisado su pasado, el de su familia, tienen el linaje, lo comprobé en el archivo de bautismos en la sacristía de la capital: no es nacido usted aquí, su familia es de las colinas que bordean el mar, si no me equivoco, savia de aquellos guerreros partidos. Por su cuñado supe lo de su migración familiar, de su origen en los poblados de la llanura Pacífica que no coinciden con la sabana central de la península, donde es mayoría el mestizaje peninsular y africano. Por eso, de hecho, traté de trabar amistad con el marido de su hermana fallecida, al que creí primero candidato al ser también de traza amerindia, como usted, hasta que su estulticia me mostró mi error mientras le interrogaba sobre el pasado familiar de su mujer. Pero le he encontrado a usted: eso es lo que importa.

¿Su charla me pareció atroz, inverosímil? Quizá. No lo rebato, escuche. Atravesado por la intriga, solicité pruebas, es decir, aquello que en su plausibilidad me reafirmara. Él, luego de lo dicho, apenas sonrió. Tomó de inmediato los hilos de su conversación lejos, como había hecho la primera vez, al prestarme aquel libro-códice que sin saberlo ya me hundía. Era como si hubiese de acercarme hasta rozar el secreto, para luego quedar abandonado justo en el límite, cruel acto de ironía. Guzmán terminó al cabo de una hora su conversación, sin hacer caso de mis intentos por guiarle de nuevo al relator anterior, y me dejó como siempre, sin decir adiós. No sabía yo que era aquello la iniciación. Que yo, espoleado por la parquedad del cura, empecé a devorar las anotaciones con acuciosidad, a esculcar las copias de los códices inspeccionados una y otra vez. Mi rutina se volvió férrea de ahí en adelante. Cada noche, recitaba los poemas enervantes y, luego de que el letárgico abrazo, incapaz yo de retenerlo por más tiempo, me atrapaba, yo me sumía en sueños largos y pesados, carreras, vuelos sobre bosques desconocidos en la penumbra, con otros junto a mí, batir de alas, afilar de garras y rapiña. Los amaneceres empezaron de pronto a ser difíciles, como si en aquellos paseos inconscientes se atrofiaran mis fuerzas, se desgastaran como un esfuerzo real. Pero igualmente, aquello era encontrar la llave de algo que se había vuelto necesidad imperiosa. Él, el cura, hacía su acto cada domingo, luego de la misa vespertina, aparecía con otros libros, historias, pero se negaba a empujarme por el borde de mi ignorancia. ¡Suprema astucia del maestro, heredero de la serpiente edénica!

Así iniciamos el juego, él, taumaturgo que hacía su mayéutica al borde, sin tocar el tema, yo recitando las invocaciones nocturnas que en lengua desconocida transcribía la marginalia del códice. No empecé a sentir la fortaleza sino a las dos lunas llenas siguientes de aquella conversación. De pronto, podía notar mi capacidad de cabalgar sin agotarme, mi potencia sexual se multiplicaba más allá de lo que creía posible: de la hija de uno de mis peones, pasé a buscar chicas en los alrededores, a pagarlas con algo de mi capital ahorrado, la visita semanal al puterío de la hondonada pronto fue poco. Las putas, por supuesto, comenzaron a murmurar: algunas incluso ofrecieron exclusividad. Solo mi favorita, Rosalía, sintió el cambio. La que antes me aruñaba la espalda mientras su voz ronca se deshacía en un gemido, fue la única en quejarse: —Antes hacías el amor, ahora copulamos como bestias de corral —me espetó, molesta, la última noche que se me entregó, su mano blanca de uñas rojas una bofetada cuando quise atraerla de nuevo al camón oloroso a ron. Pero mi cuerpo era ahora menos selectivo: era asunto de desfogar mi vitalidad, ¿rendirme por un ser débil, apenas receptáculo de mi hombría?

No fue sino hasta algunas noches después, particularmente cubiertas de sueño inquieto, cuando en mi adormecimiento vino a mí la realidad: que mis mutaciones siempre habían existido desde un ayer lejano, desde aquella misma ocasión en que acusara a un tigre de la muerte de mis reses. Que mis sueños eran múltiples verdades, irreconocibles para mi conciencia, pues esta era solo obstáculo, barrera para mi evolución. Quise experimentar la prueba: até mi pierna a la cama, un trozo fuerte de cuero amarrado con triple nudo, y luego me dejé dormir; dificultado por la ansiedad, tardé tal vez una hora más en mi adormecimiento, lo ignoro. Fue un sueño de vuelo, mi cuerpo erizado sobre el pueblo que dormitaba, aletargamiento y bendición ignorante, mientras la bestia sobrevolaba. Al día siguiente, al pie de cama, yacía la correa, hecha trizas por cortes afilados, precisos, como los de un pico tajante. ¡Había transmutado hacia mi instancia superior!

Me mira usted ahora suspendido, como si percibiera locura en mis pupilas. No le ruego creerme. Yo era y no necesito sustento. Desde que fui consciente supe disfrutar mis sueños mejor, deleitarme en el rejuego, en los envites aéreos con los míos, pues me percaté que no era solo en mi ocupación, que aquellos compañeros en mis pesadillas eran otros tantos, todos liberados, convertidos en la nueva raza que se regodeaba en los campos y se alimentaba de animales nocturnos y del indefenso ganado —¡el mío, es cierto, pero con más razón a mi alcance! El siguiente domingo, ya el padre Guzmán fue parco. Solo me dio su dirección, en la nueva parroquia capitalina a que estaba asignado. Retiró su libro, me abrazó: —Ahora eres uno de los hijos de Mictlaxochitl, heredero de los señores del Mictlán—. Lejos estaba de saber que aquella era mi aceptación como esclavo de mi transformación: que pronto los sueños tomarían otro rumbo, que de inocentes bestias pasaría a dañar humanos. Era

el punto opuesto: de mi fortaleza nocturna empecé a acusar la falta de sueño, noches en blanco en que no sabía, no creía poder recordar, mi ropa ensangrentada, hecha jirones sobre mí, al amanecer. Baladros que no eran ya aullidos animales parecían habitar mis pesadillas. Perdía el control. Los aquelarres que vivía en sueños eran orgías angustiosas: persecuciones de mujeres solitarias por las callejas abandonadas, de hombres indefensos que morían sin resollar. Quise dejarlo, a veces —no siempre, admito que la sensación de poder a veces era más paralizante que el placer sexual, el deseo era fuerte, me lanzaba de nuevo, mi mente ya dominaba la secuencia precisa de la invocación necesaria con la forma mecánica con la que cabalga quien ha vivido la vida sobre una silla de montar.

Cuánto duró el sueño retorcido y a cuantos sacrifiqué cruelmente, no acierto a darle fechas ni números. Pensé, varias veces quizás, que mientras el anonimato cubriera mis fechorías… me consolaba.

¿El inicio del fin? Ah, eso sí puedo situarlo. Es claro: fue una noche de enero, particularmente fresca para estas latitudes, el termómetro casi en cero por la falta de humedad. El tiempo de no ver al cura Guzmán había sido largo. Ciertamente le había pedido audiencia en su parroquia anteriormente, desde mi transmutación en ser superior. Generalmente, mi visita se circunscribía a un asunto de conciencia, duda ante lo que sucedía dentro de mí. Esas tardes eran dedicadas a la charla hermenéutica, a discutir textos, evaluar el mundo y prever lo que tardaría esta raza nueva en ser dueña y señora del mundo superior, en que el dios del puñal regresaría para tomar su lugar. Pero al regresar de aquellas conversaciones balsámicas, que me alimentaban en mi determinación de ser escogido, poco duraba mi convicción. Las fisuras de mi pasado inferior, quizás, me desmoronaban. Había suspendido por ello mi peregrinación, casi de manera voluntaria, al notar que, poco a poco, mi convicción sobre lo correcto de nuestro esfuerzo disminuía. Sin pensarlo, simplemente, pasaron dos, tres semanas, un mes, sin volver. Mi error, sin embargo, era el de la inacción: con fatalismo, había suspendido mis relaciones con mi mentor sin buscar otra opción más que el yacer en cama y dejar que la noche me guiara de nuevo a mi otro yo. Entretanto, mi finca había empezado a mostrar los signos del abandono: los peones, sin paga, y quizás ya con cierto temor, me habían desertado calladamente: un día, amaneció el galpón vacío donde se alojaban. A decir verdad, confieso, no podía decir con exactitud la fecha: no me importaba, quizás se habían ido días atrás, no lo hubiera notado, simplemente, ese día, lo descubrí. Del mismo modo que, de pronto, noté el cambio de la gente alrededor, en mis escasas salidas, al sentir las miradas oblicuas de mis antiguos vecinos y amigos, que resbalaban sus pupilas sobre mí con algo que llamaré miedo a falta de un vocablo exacto. Es así como apercibimos el mundo, giros que parecen instantáneos sin ver que son épocas de caída constante, sin percatarse sino hasta que un acontecimiento, algún detalle, retrotrae la memoria a un ayer diferente, y hace que colijamos la mutación de lo circundante. Aquello, comprenderá usted, era entonces un vivir somnoliento durante el día para alcanzar la verdadera vida en el crepúsculo y la noche tenebrosa, sin importar relaciones, conexiones con mi antiguo yo, que se abandonaba sin remedio. Ni siquiera mi familia. Punto aparte. Ya ve. Incluso mi cuñado, si bien es cierto huraño en sus relaciones anteriores, había intentado un día acercarse a mi residencia: lo vi, a través de mi ventana, vacilar en el portón de entrada, bajarse titubeante, para luego de unos cinco segundos de indecisión, volver a subirse a su jeep desvencijado y acelerar fuera de la propiedad.

Luego recuerdo esa noche funesta de enero, había salido a tomar un ron y vaciar el estómago de su incomodidad. Era un escape, tenía días de estar ensimismado. Luego de leer algo intrascendente sobre el poder de la imaginación, quise saciar mi carnalidad, no eran ideas precisas sino un fuego en el bajo vientre. Entré al putero de las Solís. Y estaba Rosalía, la de antes, de dos y pico años atrás. Su cuerpo delgado y flexible, los labios rojos en la cara blanca, los ojos avellanados y sus manos de uñas brillantes y anillos de fantasía. Me acerqué y dijo no. Le compré dos cervezas y dijo no. Le toqué el hombro y dijo no. Aparicio, el guardia, entrometió entonces su gordo cuerpo: me hizo salir despacio, la mano torcida por detrás en mi humillación. La mañana siguiente, al espabilarme, pude percibir un regusto amoroso en el paladar. Al abrir los ojos, la mano cercenada de Rosalía, con sus anillos y sus uñas ahora carmesí, estaba aferrada a mi sexo aún erecto.

En mi desesperación comprendí entonces mi estado abyecto, mi viaje hasta el fondo. Me sumía en un pozo sin salida, incontrolable. Enterré la mano pálida y exangüe bajo el tablado del galpón principal, traté de no pensar en la suerte del resto del cuerpo. Ataqué luego la casa, arrojé mis libros enteros, mis recitaciones anotadas, el fuego de mi estufa no fue suficiente. En una hoguera improvisada realicé un rito de expurgación… Consideré que quizás la confesión: ¿pero quién iba a creerme? Recé, pero volver sobre mis raíces cristianas era ya imposible. Estaba condenado. Así que hice lo debido. Esa misma tarde saqué una cadena del mismo galpón ahora cómplice: larga y de acero templado, de un cuarto de pulgada por eslabón. Me até el pie de manera apretada a la viga principal de mi habitación, un candado grueso, la llave en mi mesa de noche. Conjeturé: si tiene garras, el ser no puede manipular. Y luego me di a la reflexión, a meditar que quizás, si me negaba conscientemente… Fue un sueño confuso, de lucha en la penumbra. Al día siguiente, tenía la pierna desollada, pero el candado estaba en su lugar. En el suelo estaba la llave ensangrentada. La criatura —¡yo!—lo había intentado: no pudo accionar la llave, estaba el suelo marcado por picotazos, raspones, la viga astillada: signos de lucha.

Y he dormido por años de esta manera: muchas muertes entregadas a un rito extraño. Yo, ciertamente, creí alguna vez poder controlarme, guiar algo de mi ser racional en la bestia. Si había podido despertar aquel ser en mí usando mi razón… usted comprenderá, la ilusión vana de regresar atrás una vez cometida la fechoría. No relataré mis intentos, sería añadir mi ridículo a mi fracaso: las bestias eran más poderosas, su fuerza emana de la voluntad irracional y no existe, en la psique consciente, nada capaz de cortar su trasegar de poderes. Pero me preguntan sus pupilas: ¿no busqué ayuda con el iniciador? Ah, es claro, en mi desesperación fui capaz hasta de rogar. El fruto lo vio usted esta noche. Nunca pude traspasar más aquel umbral. El padre Guzmán nunca más me atendió. Protegido en el escalafón eclesial, fue aislándose, alejándose. Mis cartas, mis llamadas, mis acercamientos eran inútiles: era incluso un asunto de imposibilidad. Solo el verle, una de las veces en que hice guardia frente a su casa, dispuesto a increparle frente a quien fuera, bastó: su mirada, que me atalayó a la distancia, me hizo temblar, caer fulminado por una sensación que bordeaban la náusea y se alimentaba del terror. Seguí siendo mi amo, yo era su esclavo.

Desde entonces, cada noche, al dormir, debo colocarme esa cadena, atarla a mis pies, porque la furia por escapar será la misma que la de aquella noche en que decidí detener mi vagar asesino, sin variar un ápice. Solo con el tiempo he aprendido a disminuir el daño en mí: uso una funda de cuero bajo el metal, un grillete que mandé a construir para mis dos pies, de doble candado de combinación que sé la bestia no puede descifrar. Está claro que solo la muerte me podrá ya por siempre librar de mi superior doble.

¿Cómo entonces, esta conclusión? El tiempo, comprenda, y la fuerza, lo supe. Para vencer el mal, hay que ser encarnación de maldad. Solo matando a quien te infecta puede deshacerse la licantropía. Pero matar no es fácil cuando se es inferior.

Por ello inicié la caza, uno por uno, un entrenamiento, mírelo como quiera, así fui encontrando a mis hermanos y hermanas de fechorías, por pueblos, ciudades, a lo largo de años de búsqueda, siempre cargando las cadenas para asegurar mi sueño donde me cogiera la noche: generalmente en descampado, lejos de ninguna población. Mi objetivo, matar o ser muerto. Y mediante el matar, superar mi condición. De una u otra manera, aseguraba mi libertad, mi salida del círculo maldito. Mi recorrido fue largo. Arribaba al sitio, indagaba, no era difícil saber del miedo, colegir la presencia entre los murmullos a sovoz en el poblado. Ahí donde la leyenda crece, es casi seguro encontrar una historial real por detrás. Yo paseaba a la luz del día primero, me aseguraba de los decires, de los temores callados. Ya luego merodeaba las noches del lugar, absorto en el cielo, cierto de encontrar el rastro en su paso de la bestia. Pocas veces fue en vano: dos o tres ocasiones en que los murmullos fueron pánico infundado. La mayoría de las voces mi corazón me informaba, en sintonía con mis congéneres, saboreaba su presencia asquerosa en el aire. Así, dos o tres noches nomás bastaban para que, al amanecer, la bestia percibida me guiara a la guarida que habitaba un panadero afable, una abuela hacendosa de canas impecables, una adolescente de trenzas aún, a los que yo asesinaba con un doble impulso de piedad, justo en su sueño, justo en el momento en que la transmutación iniciaba de regreso a su humanidad.

Era un pacto, acabar a los míos y, al permanecer el último, extinguir la base: el monstruo creador. Él lo sabía, estoy consciente que me percibió varias veces cerca de su guarida, con cada cambio de parroquia, nunca me supo extraviar: incluso quizás buscó iniciar a alguno más cuando fue descubriendo

que la lista de sus retoños idos aumentaba, año tras año de mi búsqueda. ¿Les aniquilé a todos? No sé. Pero llegué al final de mi certeza cuando, tras dieciocho meses de vagar por entre las zonas donde supe que el padre Guzmán había transitado, no hubo más una sola identificación positiva. La lista era ya completa, al menos la que usted encontró, de mano y letra mía, en la que solo falta el instigador, a quien sacrifiqué como lo merecía: bajo el horror del aliento luciferino que él se propuso revivir. ¿Está claro? Ayer en la mañana aparecí en el asilo. No me sorprendió el que accediera a recibirme: él lo anticipaba. Carcajeó al principio al mirarme entrar a su habitación: —¿Crees que ha bastado?—chasqueó—. ¿Cómo no sabes que algún otro no espera para tomar mi lugar? Sacerdotes de Huitzilopochtli fuimos muchos más—. Y es cierto, yo no podía saber. Pero eso tocará a otro. Por mi parte, estaba acabado. Callé y él supo que era el final de su teatro. El crepúsculo afuera, yo empecé a recitar. La única noche en cientos ya en que la bestia vagó libre por un instante, en la habitación de Guzmán.

Así terminó el viejo. Yo requería prueba, cuentos de locos abundan, el anciano, casi leyendo mi cerebro ansioso, extendió los pies, empezó su letanía. Le miré entonces, era apenas capaz de sostener la pipa, pero sus pies eran una colección de llagas, de flagelación impensable rodeada por las cadenas que le sostenían de los tobillos. Y si bien no existía la confirmación, era el asunto de cómo juzgarlo. Yo sabía que el caso era legalmente asunto para un letrado pero igual verifiqué mi revólver, listo sobre el regazo, pues lo supe: de repente era yo quien decidiría. Así esperé, mirándole, en silencio sorbiendo el ron que quedaba en mi vaso mientras el viejo desenrollaba su rosario. Un cántico parco, monótono era, así hasta que el último de luz natural cedió, hasta que, del fondo del cuerpo canijo vino un temblor, una especie de graznido, exacto con la desaparición del sol y que rompió la invocación en el momento que el perro, nervioso, arrancó a tiritar. La transmutación. Era él, el señor del Mictlán. Frente a mi vista lo vi sacudirse, caer del banco: ahora comprendía sus intenciones. Las cadenas de pronto se tensaron casi hasta aullar, sus pupilas empezaron a temblar de ansiedad, yo coloqué el vaso en el piso, esperé a saberle trasformado, el momento exacto en que la criatura, ya dueño de aquel cuerpo, empezó a brincar hacia mí a pesar del metal que le aprisionaba. Entonces disparé.

Bahía Blanca, Argentina, 2006.

Bajo licencia CC BY-NC-SA.

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