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Lanzamiento de Crónicas del Regreso, edición impresa

Hola, amigos

A todos los que me han preguntado últimamente en que estoy trabajando, les quiero anunciar el lanzamiento impreso hoy de mi libro de ficción Crónicas del regreso, por la plataforma Amazon. Cómo parte de este lanzamiento, he colocado además una promoción por tiempo limitado para las versiones electrónicas de mis otros libros: El luto de la libélula, y El tiempo en los ojos. Además, existe ya una nueva edición impresa en Amazon de El luto de la libélula, dado que se agotó ya el segundo tiraje de la primera edición por la EUCR.

Recuerden que aquellos que compren las versiones impresas, tienen derecho a la versión Kindle de forma gratuita. Además, aquellos socios del programa KDPSelect tienen también acceso gratuito a las versiones Kindle.

Gracias a mi sobrino Christian por ayudarme con la portada, y a Magda por su arduo trabajo de edición (yo sé que no es sencillo aguantarme :-).

Les agradezco de nuevo a todos mis lectores por su apoyo, y espero oír sus comentarios por Crónicas del regreso, por acá o por el sitio de Amazon.

Acá el enlace de mi librero en Amazon

 

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Precedentes funestos

No pretendo escandalizarme ahora, ni siquiera fingir sorpresa, de que en nuestro país, los tan mentados medios independientes no lo sean tanto, con las revelaciones entre el encuentro de los directores de Telenoticias de Canal 7 y La Nación, con el candidato liberacionista Johnny Araya y su director de campaña (y hoy a su vez precandidato presidencial), Álvarez Desanti, horas antes de que el primero se retirara de la campaña por la presidencia. Ya hace rato que los lamentos hipócritas de la Nación y de Canal 7 no me conmueven, cada vez que éstos invocan la sacrosanta libertad de prensa para defender sus intereses comerciales (como el de que un gerente, de un Banco de capital público pero actividad privada, decida no pautar en alguno de ellos, con la justa razón que le da el velar por los activos que administra).

Muchos en este país hace rato que tienen bien claro el contubernio que enlaza a estos medios con las cúpulas de algunos partidos y familias gobernantes. Para los de corta memoria, recuérdese la campaña de Miguel Ángel Rodríguez contra José Miguel Corrales, de como Canal 7, en clara violación de las normas del Tribunal Supremo de Elecciones, proclamó vencedor por un margen arrasante a Rodríguez a varias horas del cierre de las urnas: nadie terminó sancionado esa vez y queda para la historia la apocada reacción del candidato liberacionista, que en lugar de avivar a sus huestes casi que las animó más bien con su tímida reacción a quedarse en casa y no ejercer su derecho ante una elección que prácticamente decidió el susodicho canal (y que terminó ajustadísima, es decir, que bien hubiera podido ganar el PLN si no se le hubiese acobardado su candidato). Ni siquiera hace falta hablar de la inacción estatal ante la ley de espectro radioléctrico, que sigue regalando a algunas familias acaudaladas en el país, en cientos de colones, bandas de frecuencia  que estas mismas familias arriendan a otros por varios millones de dólares al año.

Queda en el recuerdo también la campaña del miedo contra el Frente Amplio en las pasadas elecciones, o el ninguneo al que periódicamente se sometió al PAC desde su fundación por Ottón Solís, que terminó forzando a segunda ronda (y a la derrota el PLN ca manos de Abel Pacheco) en 2002, que casi le roba la presidencia al gran favorito Óscar Arias en el 2006, y que terminó electo en el 2014 (recordemos, de paso, que a Luis Guillermo no lo invitó canal 7 a sus programas televisivos al principio de la campaña). Lo único que, realmente, me sorprendería, es que hubiese una reacción ciudadana: lo más probable, la mayoría de los costarricenses están hoy más preocupados por si Keilor Navas continua en el Real Madrid, dadas sus pésimas actuaciones más recientes. Bien lo dice ese malgastado refrán: que tenemos los gobernantes que nos merecemos, y este asunto no creo que vaya a más. Ya cosas peores se han olvidado en este país.

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Más de lo mismo

Arranca otra vez la campaña electoral. Y como atrapados en un ciclo -pero tan, tan lejos de los significativos ciclos védicos-, de nuevo nos vemos los ciudadanos acosados por los letreros y las consignas, las palabras vacías y las promesas. Queda, no obstante, en el aire, la pregunta: ¿es que los dueños del circo no escuchan? La indiferencia de la población ante un nuevo proceso electoral es una voz de alerta –quizás equivocada, pero representativa aún así – de que elegir un gobernante poco o nada les importa. Ya mucha tinta han vertido nuestros expertos y sabios sobre la decadencia de nuestra supuestamente ejemplar democracia participativa (alguna que otra voz es respetable, aunque la mayoría, soy sincero, no mucho más que loras cacofónicas con la boca llena de lugares comunes) e, inquietos por la creciente abstención, no faltarán los llamados cívicos del Tribunal Supremo de Elecciones a participar en estas elecciones y fortalecer así los cimientos de nuestra república.

Pero un simple vistazo por las superficiales soluciones que, hasta ahora, ofrecen los pre-candidatos (sea en sus shows televisivos, o en los elegantes sitios web de sus plataformas) no hacen sino confirmarme que, en el fondo, la intención de las castas gobernantes es seguir tal cual, haciendo oídos sordos al reclamo fundamental. No hay, en el trabalenguas de sus propuestas, una sola idea, un concepto diáfano de la nación costarricense como un ente unificado con un norte definido: el desordenado estado actual de la nación costarricense revela precisamente esa falta de ese proyecto nacional. El problema no son las filas en la Caja del Seguro Social, ni los puentes angostos o las calles rotas, ni la evasión fiscal ni el narcotráfico en nuestros barrios o la inoperancia administrativa de nuestros funcionarios públicos. Todo esto no son sino síntomas: el cáncer está más adentro. Los costarrienses, hace rato que no nos sentimos una nación, si no es frente a la pantalla de TV mirando a la selección de fútbol mayor.

Yo hace mucho que he dejado de comprar el trillado sonsonete del gobierno popular: lo cierto es que en Costa Rica –como buena democracia burguesa a lo europeo – sólo accede a gobernar quien tiene la plata y los conectes para entroncarse. Pero creo, como Churchill, que aunque sea imperfecta, la democracia liberal es lo mejor que tenemos. Y toca a nuestros líderes trazar el rumbo claro que, en la medidad de lo posible, sostenga y proteja los intereses de la mayoría. Nada garantiza la permanencia de nuestro país: todos los estados, tarde o temprano, colapsan. Y si la culpa recae siempre sobre sus líderes, electos o no, es conveniente recordar que, al final, son los pueblos los que terminan pagando los platos rotos. Y que muchas veces, cuando el pueblo llama a cuentas, cansado de ser trapo de piso, no lo hace con sabiduría: ¿es necesario llegar a ese extremo? ¿No podemos, señores y señoras, pensar un poco mejor y ofrecer algo más sensato, antes de que algún loco aparezca con ideas peligrosas envueltas en falsas promesas?

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“Crónicas del regreso” disponibles para Kindle

La versión Kindle de mi nuevo libro de relatos: Crónicas del regreso está ya disponible en la tienda de Amazon. Habrá futuras promociones en los días siguientes para los interesados.

 

Aquí el enlace:

https://www.amazon.com/Cr%C3%B3nicas-regreso-Spanish-Alfonso-Rodr%C3%ADguez-ebook/dp/B01LDHPBF2/ref=sr_1_3?ie=UTF8&qid=1478707460&sr=8-3&keywords=alfonso+chacon+rodriguez

 

 

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Apuntes perplejos: Humildades epistémicas

Una de las labores más ingratas a las que se enfrenta quien investiga es hacer el informe final (sobre todo cuando el plazo ha vencido y nos atormentan los recordatorios diligentes, sellados y firmados, sobre nuestra tardanza). He pensado mucho al respecto en estos días, no solo luchando con el texto que se niega a avanzar tanto como quisiera, sino con la frustración inherente de descubrir que tantos objetivos planteados en la ambiciosa propuesta fueran a dar tan lejos del blanco.

Aunque podría ensayar explicaciones sobre tan pobres resultados (nunca falta a quien culpar: la burocracia, los malos asistentes, la falta de recursos) o refugiarme en la autoflagelación, y confesarme desordenado y víctima de mi tendencia a dejar todo para el final, he de pronto encontrado salvación para mi ego dolorido en dos autores que, de una manera bastante convincente, me aplacaron las culpas y me permiten ahora aferrarme a esa trillada verdad refranera de que el mal de muchos es consuelo para algunos tontos, como este servidor.

Y como pienso que es injusto guardarse un remedio que quizás pueda servirle a otros tantos que, no dudo, habrán pasado por estas aguas turbias de justificar un proyecto fallido, decidí revelar esta nueva pomada, empezando por la verdad más amarga: los humanos somos pésimos planificadores.

Hablaré entonces primero de uno de los autores, el Dr. Nassim Taleb, operador de bolsa, especialista en probabilidad y estadística y antiguo profesor universitario. Cuenta Taleb en su más reciente libro, Antifragilidad: cosas que ganan con el desorden, que cuando Yogi Berra (otros dicen que se trató más bien de Niels Bohr), aseveró que predecir es muy difícil, especialmente el futuro, no hacía más que revelar una verdad que la estadística comprueba: la mayoría de los proyectos nunca terminan en el plazo esperado y muchos terminan gastándose entre el doble y diez veces lo originalmente proyectado.

Taleb acusa de lo anterior a la modernidad, al crecimiento exponencial de las consultorías y los expertos, a la burocracia y las comunicaciones digitales, y sobre todo a nuestra creciente arrogancia epistémica y la apuesta ciega al modelo lineal baconiano de creación del conocimiento (en castellano castizo: creerse que sabemos más que los demás, que la ciencia engendra la tecnología, que es posible predecir con exactitud y que somos capaces de explicarle a los pájaros cómo deben volar).

La planificación estratégica a largo plazo, de hecho, nos dice Taleb, es lo que vuelve tan complicado y propenso al fracaso a cualquier proceso humano actual, porque quien planifica, sin importar cuántos cursos de manejo de riesgo haya llevado, siempre minimizará estos –inconscientemente, es inevitable– y nunca podrá prever los verdaderos imprevistos en su camino. Taleb no es precisamente una persona políticamente correcta: dice lo que piensa sin rodeos (y generalmente, los hechos le dan la razón, como cuando explicó en su famoso Cisne negro que algo andaba mal en Wall Street, un año antes del crash inmobiliario).

Pero lo peor, sentencia Taleb, es que estos mismos expertos y planificadores nunca pagan el precio por sus consejos; por ejemplo, por entrar en un tema espinoso como el de la economía: ¿quién revisa las predicciones económicas de un año atrás? ¿Alguien le lleva la cuenta a la infinidad de veces que los expertos del FMI, del Banco Mundial, de Wall Street, han acertado con un pronóstico? O lo que resulta más importante: ¿si alguien dice que un instrumento financiero es calidad AAA, y luego resulta que se convierte en un bono basura, no debería ser responsable del dinero que pierda quien haya invertido en aquel?

Taleb es filoso con sus afirmaciones: para él, muchos expertos y planificadores profesionales generalmente no saben realmente mucho del tema sobre el que ofrecen consejo o toman decisiones, pero venden muy bien su aparente certeza mientras que otro paga la fiesta (Dick Cheney estimó que la guerra contra Irak costaría máximo unos 100 mil millones de dólares por una campaña de dos años a lo sumo; terminó costando entre tres y cuatro billones de dólares por más de siete años de guerra con sus consecuencias posteriores, y obviamente ni Cheney ni Bush tuvieron que pagar un cinco por su error de cálculo).

Pero si volvemos a lo nuestro, a la academia, leer a Taleb es sacar del baúl preguntas inquietantes: ¿Podemos realmente planificar la investigación? ¿Es investigar una cuestión de manual, instructivos, formularios y herramientas estadísticas para producir gráficos bonitos? ¿Qué objeto tiene plantearse como meta el descubrir algo específico, en un tiempo dado?

Taleb dice que la investigación burocrática está condenada al fracaso y ofrece una alternativa, la que usaron Edison y muchos otros: la de la investigación como un proceso azaroso de prueba y error, de descubrimientos accidentales, donde el verdadero talento del investigador reside en darse cuenta si el error es útil o no. La investigación debe hacerse entonces con objetivos flexibles, en tramos cortos, sin cerrarse vías y siempre con la disposición a rectificar la dirección. Los descubrimientos revolucionarios, dice Taleb, han llegado por inspiración, por la vía negativa de hallar lo que no funciona y el trabajo necesario para darse cuenta cuándo, tras tantos topetazos de nariz, nos encontramos con la botija al final del arcoiris: así fue con la Viagra, la fotografía a color, la radiactividad y hasta las rueditas en las valijas (¿cómo puede ser, se pregunta Taleb, que tuvieran que pasar miles de años desde la invención de la rueda, para que a alguien se le ocurriera ponerle rodines al equipaje?).

Es que las cosas solo parecen obvias y ordenadas una vez que han sido hechas. Y aunque suene a anatema, lo cierto es que generalmente la tecnología antecede a la ciencia (Taleb ofrece un argumento convincente y documentado al respecto), y el conocimiento revolucionario no tiende a obtenerse por medios planificados.

En fin. Más combustible para reflexionar para quienes transitamos esto de la investigación… pero me devuelvo a lo que compete: que tengo que continuar con mi informe. Quedará para una próxima ocasión el segundo autor (y hablando de falta de planificación, aquí estoy de nuevo, ya pasado del número de caracteres que tenía dispuesto para esta columna: hay gente que nunca aprende).

Nota: Comentario publicado originalmente aquí

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Tres en una tormenta

Texto leído durante la presentación de la novela

Tres en una taza, del escritor Froilán Escobar.

Martes 9 de agosto de 2016

Hablar del Caribe es discurrir sobre huracanes. Meteorológicos, musicales o ideológicos: tal parece que a esta cuenca, escenario de tanta historia, no le bastase con los conceptos mesurados de lo racional y lo enciclopédico. Las cosas deben hacerse a arrebatos y a brincos. Si el viento te roba el sombrero, es cuestión de revolotear los brazos como arlequín desaforado para contener el ataque de un quijote hecho de ciclones. Si tu esférica contextura no te deja pasar por la puerta, ha de reventarse la ventana a golpe de mazo y martillo. La ambulancia irá en paralelo con su aullido; el paciente moribundo irá recitando soledades gongorianas a los estupefactos camilleros y, así como se van desdoblando las ondas sonoras de la voz profunda y la sirena chillona en dueto disímil, se irá también desgajando la unidad temporal y psicológica de un personaje que es invisible según quien lo mire. Este yo de ahora no es el tú de ayer, ni mucho menos el nosotros de mañana, ese pronombre con que siempre nos vienen a narrar la historia oficial. Tres entonces ahora sí viene a ser una multitud, cuando en el medio está aquella que uno supo amar por todo su cuerpo, y de la que el otro atesora orgasmos fugaces hechos solo de recuerdos que nadie puede afirmar fueran surgidos de la piel.Se publicará simultáneamente en España.  Uruk Editores

Pero que la ciudad se te borre ante la vista, y el ómnibus irrumpa por la sala de tu casa es poca cosa, cuando ya la vida se te ha ido por el cartucho donde depositás la mierda que es tu existencias. Ya sea por culpa de un comité al que no le gustan tus ideas (un comité al que no le gusta ninguna idea), o porque ya desde antiguo venías condenado por esa manía de abrir la boca y soltar significados sin asidero con la verdad impoluta, vos sabés que al final la existencia que se precie de serlo debe resumirse en una tragedia gargantuesca. Y como algunos afirman que la única cosa que un poeta debe saber hacer bien es abrir la boca y dejar escapar un universo, entonces Froilán abre la suya y nos crea un esperpento musical de proporciones proustianas con matices de Joyce y Tu-Fu, donde el recuerdo ahora no es nada sino una faceta más de esa vida que los budistas ya sabían no la vive nunca un solo individuo al que insistimos en llamar Yo (o tú, o ella, vaya usted a saber). Por ahí dicen que la novela no es que se muera, es que hay que matarla cada vez que se hace una nueva, si es que uno quiere que la novela siga vive. Froilán hace eso: nos la devasta a la muy pobre y artrítica invención cervantina a punta de hachazos y cortes profundos de bisturí, y luego la empieza a armar a su gusto, con un pincel muy fino, como hecho de bigote de cubano, como el que usaba su maestro Lezama.

Van entonces desfilando, en carnaval, personajes y memorias hechos de trazos sobre papel seda. No puede resultar de otra manera en La Habana. Y así nos sumergimos desprevenidos los indefensos lectores, de la mano de este demiurgo algo farsante y muy zalamero que se esconde detrás de sus juegos de palabras con algo de Foucault y mucho de Quevedo, hundiéndonos en la caterva de historias fuera de la historia que es la que se vive aún en la Antilla mayor. La ciudad que se desarma a pedazos se convierte en un flujo turbulento de desfiles y alboroto: no importa si hay que asaltar la Embajada (así, con mayúscula) para escapar del paraíso que algunos dicen que se hunde (aunque los letreros proclamen que crece, crece solo), o porque urge subir a la última guagua o dar los postreros pasos de compañía a Lezama camino al cementerio. Que dos manos se persigan en escandalosa cohabitación carnal sobre el pecho del narrador es asunto nimio: ¡todos a bailar la conga!, porque a la revolución se la lleva el viento, mientras el tintero de Froilán va vertiendo juntos al barroco y a los cantos africanos, y el coro es la mismísima cohorte indómita de los dioses yoruba, a la que no pudieron nunca vencer ni la Iglesia ni tampoco ese socialismo que llamaban científico.

El mensaje tumultuoso se nos ofrece entonces cautivo de luminosidades. La boca de Froilán sabe soltar resplandores, y la descomposición del personaje y su ansia por B allá lejos, al final de la novela, se van recreando en un mundo de sonoridades y memorias confusas como un maravilloso caleidoscopio verbal. Y si atrás del sacófago de Lezama viene la Cuba cultural sumida en chillidos en medio de la comparsa, mientras el mundo se nos sale de su eje tan kepleriano a punta de tanta lágrima, es porque a los gigantes únicamente se les ha de llorar así, con total desmesura, en pleno cataclismo.

Escribir novelas es salirse del mundo para poder verlo mejor. Leerlas, aún más. Lo sabe bien Froilán porque ya lo tiene en la sangre que le dio su padre, esa sangre que volaba aviones de madera con la imaginación. Pero es que para un verdadero poeta y novelista hacer una novela es trazar verdades que parezcan irreales solo para los que tienen los ojos cerrados, verdades donde entran como pasajeros de pleno derecho en esta guagua que es la vida, tanto poetas gongorianos como jineteras fosforecentes, e incluso esos que apenas saben trazar letras en forma de palotes sobre cartuchos vacíos de cemento (y que generalmente son los que cantan metáforas mejor). Y es que esta novela nos clava clara su certeza, de que la vida se larga veloz y los amigos se nos van escapando por las ventanas del bus, y pasan veinte años y ayer éramos jóvenes y hoy llevamos el cabello plateado, si es que algo nos resta aún sobre la coronilla. Y atrás muy lejos han quedado Tú con B, y yo entre tanto, este Yo solitario, solo he podido guardarme una brizna de su cabello antes de que el viento se pusiera a volar.

Y así, finalmente, solo me queda proferir una enorme admonición, que no quiero que luego se me juzgue omiso por no prevenirlos. Que una vez cruzada la última página y cerrado el libro, no se queden ustedes turulatos, por sentir ahora este universo que habitamos bastante más maravilloso de lo que era cuando empezaron a leer esta novela.

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Entrevista sobre El luto de la libélula

Aquí una entrevista sobre El luto de la libélula

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Espléndido zafarrancho

Puede que el apego se haya desarrollado por la confluencia de orígenes profesionales. Que un ingeniero electricista sea responsable de un monumento literario así no deja de arroparme ante la manida pregunta de cómo conjuga uno literatura con algo tan seco como la ingeniería.  Pero es quizás la excepción más bien la gran respuesta: tengo la idea un poco incorrecta de que no son los escritores profesionales los que hacen la mayoría de las grandes obras. Con las disculpas de Vargas Llosa y García Márquez —esos respetables y sacros monumentos del canon latinoamericano, fuente inagotable de flujos de caja para herederos y editoriales europeas — pero yo tengo adentro la inquieta espina de que eso de escribir profesionalmente generalmente termina produciendo caricaturas más que literatura. El Vargas Llosa de la Ciudad y los perros, el García Marquez del Otoño del patriarca, parecen a lo lejos puntos álgidos nada más en medio de las hojas secas que vinieron después, (y quizás alguna que otra anterior para el colombiano: lo admito, que comparto el gusto de Bolaño en no gustar del Gabo).

Puede ser que solamente quien escribe sin el afán de llenarse la billetera puede obligar a su arte a tomar tanto vuelo como aliento tenga el escritor: el diletante de Proust entre sus sábanas esparcidas con migas añejas y tinta vieja, el eterno y circunférico Lezama Lima con su eterno Paradiso, Musil con su novela interminable a cuestas, los juegos atiborrados de pesada simbología que construyó Joyce alrededor de Dedalus y Bloom, Baldwin y su trasposición de la estética isabelina a las luchas sicológicas y sociales del siglo XX, no son tema de mercadeo sencillo para una editorial como Alfaguara o Planeta. Y en la época en que las editoriales construyen escritores con las estrategias de la música pop, no creo que Carlo Emilio Gadda hubiese llegado lejos  en un concurso literario contemporáneo con su expléndido zafarrancho romano y barroco.  (Y para el caso, tampoco Rabelais habría podido publicar sus afanes pantagruélicos ni existiría el Tristram Shandy de Sterne con su largo circunloquio vital: ver aquí, para una discusión interesante del asunto, del costo y la bendición de librarse de la horca resbalosa que significa comprometerse por un cheque editorial.  Y de paso, aclaro que fue Tim Parks el que me reveló en otro artículo suyo a Gadda, a Spark, a Baldwin y a Stead).

Pero el tiempo, que es un filtro sabio aunque a veces tardío e injusto —porque ciertamente se quedan en el olvido muchas obras buenas, pero con las malas la desmemoria es inflexible—, ha permitido una especie de vida quieta pero alargada para este Zafarrancho aquel de vía Merulana. Fue otro inclasicable comercial quien lo consideró obra cumbre en su lengua italiana: los palabras de encomio de Italo Calvino suman poliedros a esta la novela de mútiples voces y destellos. Reflejos que bañan a obra y autor, que no solo produjo historias magníficas, sino que hasta tiempo tuvo para diseñar la central que aún hoy alimenta con electrones a una parte del Vaticano.

La novela arranca con una excusa policial: un robo, complicado algunos días después con un cruento asesinato en el mismo piso de esa vía Merulana ahora tan venida a menos. Y es donde empieza el trasunto funambulesco: el narrador nos va desviando por entre sus digresiones circunstanciales y la verborragia de una voz interesada en hundirse en los detalles inconsecuentes pero fácticos de lo que acontece con los personajes involucrados. La pista policial pronto se enrevesa con los absurdos y el magnífico vendaval de dialectos y voces van armando aquel verdadero zafarrancho de contradicciones y enredos, bajo la sombra omnipresente y ridícula del Fascio y su líder rocambolesco y fanfarrón. No queda ninguna figura en pie con el trazo fulminante de la prosa de Gadda y ante el lector se pinta una Italia magistralmente retratada en toda la extensión de sus tragedias y piezas cómicas. Y ya para el final cada personaje se nos ha incrustado en el corazón: desde las pobres y jovencitas costureras al servicio de la fuerza policial y carabinera —que no solo necesitan zurcir sus medias sino también calmar algunas otras penas—, pasando por el dulce y rubio ángel siempre presto a sosegar la angustia de las rubias turistas del norte, hasta los comodoros gourmand traicionados por su timidiez y su inconfesable gusto por las carnes magras y varoniles. Todo mientras a su alrededor los detectives Igravallo y Fiumi conspiran por regar con algo de luz la turbia madeja de versiones y pistas confusas que ocultan a los terribles malhechores de los dos crímenes sin resolver.

Pocas veces una novela alcanza tales niveles de osadía textual sin perder el ritmo ni la fuerza narrativa, en medio de esos contrastes altisonantes como solo Italia parece ofrecer: de un lado la regia civilización romana y su legado —la Iglesia, el imperio — y la vida asutera y sensual de quienes sobreviven la pobreza a punta de astucias. Joya que merece más lecturas y muchos comentarios.

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Un largo vericueto hacia Rodríguez

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Es bueno que aún basten las voluntades de uno o dos para desenterrar del olvido un tesoro sin mapa. Más en http://sugarman.org/

(Imagen de Paulisdeadm, at the English language Wikipedia, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=22394544)

 

 

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Crónicas del regreso

Texto disponible en plataforma de autopublicación del Proyecto Gutenberg aquí.

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