Alfonso Chacón Rodríguez

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Tres en una tormenta

Texto leído durante la presentación de la novela

Tres en una taza, del escritor Froilán Escobar.

Martes 9 de agosto de 2016

Hablar del Caribe es discurrir sobre huracanes. Meteorológicos, musicales o ideológicos: tal parece que a esta cuenca, escenario de tanta historia, no le bastase con los conceptos mesurados de lo racional y lo enciclopédico. Las cosas deben hacerse a arrebatos y a brincos. Si el viento te roba el sombrero, es cuestión de revolotear los brazos como arlequín desaforado para contener el ataque de un quijote hecho de ciclones. Si tu esférica contextura no te deja pasar por la puerta, ha de reventarse la ventana a golpe de mazo y martillo. La ambulancia irá en paralelo con su aullido; el paciente moribundo irá recitando soledades gongorianas a los estupefactos camilleros y, así como se van desdoblando las ondas sonoras de la voz profunda y la sirena chillona en dueto disímil, se irá también desgajando la unidad temporal y psicológica de un personaje que es invisible según quien lo mire. Este yo de ahora no es el tú de ayer, ni mucho menos el nosotros de mañana, ese pronombre con que siempre nos vienen a narrar la historia oficial. Tres entonces ahora sí viene a ser una multitud, cuando en el medio está aquella que uno supo amar por todo su cuerpo, y de la que el otro atesora orgasmos fugaces hechos solo de recuerdos que nadie puede afirmar fueran surgidos de la piel.Se publicará simultáneamente en España.  Uruk Editores

Pero que la ciudad se te borre ante la vista, y el ómnibus irrumpa por la sala de tu casa es poca cosa, cuando ya la vida se te ha ido por el cartucho donde depositás la mierda que es tu existencias. Ya sea por culpa de un comité al que no le gustan tus ideas (un comité al que no le gusta ninguna idea), o porque ya desde antiguo venías condenado por esa manía de abrir la boca y soltar significados sin asidero con la verdad impoluta, vos sabés que al final la existencia que se precie de serlo debe resumirse en una tragedia gargantuesca. Y como algunos afirman que la única cosa que un poeta debe saber hacer bien es abrir la boca y dejar escapar un universo, entonces Froilán abre la suya y nos crea un esperpento musical de proporciones proustianas con matices de Joyce y Tu-Fu, donde el recuerdo ahora no es nada sino una faceta más de esa vida que los budistas ya sabían no la vive nunca un solo individuo al que insistimos en llamar Yo (o tú, o ella, vaya usted a saber). Por ahí dicen que la novela no es que se muera, es que hay que matarla cada vez que se hace una nueva, si es que uno quiere que la novela siga vive. Froilán hace eso: nos la devasta a la muy pobre y artrítica invención cervantina a punta de hachazos y cortes profundos de bisturí, y luego la empieza a armar a su gusto, con un pincel muy fino, como hecho de bigote de cubano, como el que usaba su maestro Lezama.

Van entonces desfilando, en carnaval, personajes y memorias hechos de trazos sobre papel seda. No puede resultar de otra manera en La Habana. Y así nos sumergimos desprevenidos los indefensos lectores, de la mano de este demiurgo algo farsante y muy zalamero que se esconde detrás de sus juegos de palabras con algo de Foucault y mucho de Quevedo, hundiéndonos en la caterva de historias fuera de la historia que es la que se vive aún en la Antilla mayor. La ciudad que se desarma a pedazos se convierte en un flujo turbulento de desfiles y alboroto: no importa si hay que asaltar la Embajada (así, con mayúscula) para escapar del paraíso que algunos dicen que se hunde (aunque los letreros proclamen que crece, crece solo), o porque urge subir a la última guagua o dar los postreros pasos de compañía a Lezama camino al cementerio. Que dos manos se persigan en escandalosa cohabitación carnal sobre el pecho del narrador es asunto nimio: ¡todos a bailar la conga!, porque a la revolución se la lleva el viento, mientras el tintero de Froilán va vertiendo juntos al barroco y a los cantos africanos, y el coro es la mismísima cohorte indómita de los dioses yoruba, a la que no pudieron nunca vencer ni la Iglesia ni tampoco ese socialismo que llamaban científico.

El mensaje tumultuoso se nos ofrece entonces cautivo de luminosidades. La boca de Froilán sabe soltar resplandores, y la descomposición del personaje y su ansia por B allá lejos, al final de la novela, se van recreando en un mundo de sonoridades y memorias confusas como un maravilloso caleidoscopio verbal. Y si atrás del sacófago de Lezama viene la Cuba cultural sumida en chillidos en medio de la comparsa, mientras el mundo se nos sale de su eje tan kepleriano a punta de tanta lágrima, es porque a los gigantes únicamente se les ha de llorar así, con total desmesura, en pleno cataclismo.

Escribir novelas es salirse del mundo para poder verlo mejor. Leerlas, aún más. Lo sabe bien Froilán porque ya lo tiene en la sangre que le dio su padre, esa sangre que volaba aviones de madera con la imaginación. Pero es que para un verdadero poeta y novelista hacer una novela es trazar verdades que parezcan irreales solo para los que tienen los ojos cerrados, verdades donde entran como pasajeros de pleno derecho en esta guagua que es la vida, tanto poetas gongorianos como jineteras fosforecentes, e incluso esos que apenas saben trazar letras en forma de palotes sobre cartuchos vacíos de cemento (y que generalmente son los que cantan metáforas mejor). Y es que esta novela nos clava clara su certeza, de que la vida se larga veloz y los amigos se nos van escapando por las ventanas del bus, y pasan veinte años y ayer éramos jóvenes y hoy llevamos el cabello plateado, si es que algo nos resta aún sobre la coronilla. Y atrás muy lejos han quedado Tú con B, y yo entre tanto, este Yo solitario, solo he podido guardarme una brizna de su cabello antes de que el viento se pusiera a volar.

Y así, finalmente, solo me queda proferir una enorme admonición, que no quiero que luego se me juzgue omiso por no prevenirlos. Que una vez cruzada la última página y cerrado el libro, no se queden ustedes turulatos, por sentir ahora este universo que habitamos bastante más maravilloso de lo que era cuando empezaron a leer esta novela.

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Entrevista sobre El luto de la libélula

Aquí una entrevista sobre El luto de la libélula

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Espléndido zafarrancho

Puede que el apego se haya desarrollado por la confluencia de orígenes profesionales. Que un ingeniero electricista sea responsable de un monumento literario así no deja de arroparme ante la manida pregunta de cómo conjuga uno literatura con algo tan seco como la ingeniería.  Pero es quizás la excepción más bien la gran respuesta: tengo la idea un poco incorrecta de que no son los escritores profesionales los que hacen la mayoría de las grandes obras. Con las disculpas de Vargas Llosa y García Márquez —esos respetables y sacros monumentos del canon latinoamericano, fuente inagotable de flujos de caja para herederos y editoriales europeas — pero yo tengo adentro la inquieta espina de que eso de escribir profesionalmente generalmente termina produciendo caricaturas más que literatura. El Vargas Llosa de la Ciudad y los perros, el García Marquez del Otoño del patriarca, parecen a lo lejos puntos álgidos nada más en medio de las hojas secas que vinieron después, (y quizás alguna que otra anterior para el colombiano: lo admito, que comparto el gusto de Bolaño en no gustar del Gabo).

Puede ser que solamente quien escribe sin el afán de llenarse la billetera puede obligar a su arte a tomar tanto vuelo como aliento tenga el escritor: el diletante de Proust entre sus sábanas esparcidas con migas añejas y tinta vieja, el eterno y circunférico Lezama Lima con su eterno Paradiso, Musil con su novela interminable a cuestas, los juegos atiborrados de pesada simbología que construyó Joyce alrededor de Dedalus y Bloom, Baldwin y su trasposición de la estética isabelina a las luchas sicológicas y sociales del siglo XX, no son tema de mercadeo sencillo para una editorial como Alfaguara o Planeta. Y en la época en que las editoriales construyen escritores con las estrategias de la música pop, no creo que Carlo Emilio Gadda hubiese llegado lejos  en un concurso literario contemporáneo con su expléndido zafarrancho romano y barroco.  (Y para el caso, tampoco Rabelais habría podido publicar sus afanes pantagruélicos ni existiría el Tristram Shandy de Sterne con su largo circunloquio vital: ver aquí, para una discusión interesante del asunto, del costo y la bendición de librarse de la horca resbalosa que significa comprometerse por un cheque editorial.  Y de paso, aclaro que fue Tim Parks el que me reveló en otro artículo suyo a Gadda, a Spark, a Baldwin y a Stead).

Pero el tiempo, que es un filtro sabio aunque a veces tardío e injusto —porque ciertamente se quedan en el olvido muchas obras buenas, pero con las malas la desmemoria es inflexible—, ha permitido una especie de vida quieta pero alargada para este Zafarrancho aquel de vía Merulana. Fue otro inclasicable comercial quien lo consideró obra cumbre en su lengua italiana: los palabras de encomio de Italo Calvino suman poliedros a esta la novela de mútiples voces y destellos. Reflejos que bañan a obra y autor, que no solo produjo historias magníficas, sino que hasta tiempo tuvo para diseñar la central que aún hoy alimenta con electrones a una parte del Vaticano.

La novela arranca con una excusa policial: un robo, complicado algunos días después con un cruento asesinato en el mismo piso de esa vía Merulana ahora tan venida a menos. Y es donde empieza el trasunto funambulesco: el narrador nos va desviando por entre sus digresiones circunstanciales y la verborragia de una voz interesada en hundirse en los detalles inconsecuentes pero fácticos de lo que acontece con los personajes involucrados. La pista policial pronto se enrevesa con los absurdos y el magnífico vendaval de dialectos y voces van armando aquel verdadero zafarrancho de contradicciones y enredos, bajo la sombra omnipresente y ridícula del Fascio y su líder rocambolesco y fanfarrón. No queda ninguna figura en pie con el trazo fulminante de la prosa de Gadda y ante el lector se pinta una Italia magistralmente retratada en toda la extensión de sus tragedias y piezas cómicas. Y ya para el final cada personaje se nos ha incrustado en el corazón: desde las pobres y jovencitas costureras al servicio de la fuerza policial y carabinera —que no solo necesitan zurcir sus medias sino también calmar algunas otras penas—, pasando por el dulce y rubio ángel siempre presto a sosegar la angustia de las rubias turistas del norte, hasta los comodoros gourmand traicionados por su timidiez y su inconfesable gusto por las carnes magras y varoniles. Todo mientras a su alrededor los detectives Igravallo y Fiumi conspiran por regar con algo de luz la turbia madeja de versiones y pistas confusas que ocultan a los terribles malhechores de los dos crímenes sin resolver.

Pocas veces una novela alcanza tales niveles de osadía textual sin perder el ritmo ni la fuerza narrativa, en medio de esos contrastes altisonantes como solo Italia parece ofrecer: de un lado la regia civilización romana y su legado —la Iglesia, el imperio — y la vida asutera y sensual de quienes sobreviven la pobreza a punta de astucias. Joya que merece más lecturas y muchos comentarios.

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Un largo vericueto hacia Rodríguez

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Es bueno que aún basten las voluntades de uno o dos para desenterrar del olvido un tesoro sin mapa. Más en http://sugarman.org/

(Imagen de Paulisdeadm, at the English language Wikipedia, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=22394544)

 

 

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Crónicas del regreso

Texto disponible en plataforma de autopublicación del Proyecto Gutenberg aquí.

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Conjeturas y apuntes perplejos

Pueden ver algunos de mis divagatorios artículos para la Revista InvestigaTec del Tecnológico de Costa Rica aquí.

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El tiempo en los ojos

He subido a la plataforma de Gutenberg una segunda edición de El tiempo en los ojos.

Pueden hallarla aquí.

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Estallido financiero, otra vez

Reventaron las bolsas. Y luego subieron. Y luego volvieron a bajar. Pero hoy las ganancias nos llevaron de vuelta a la costa. Todo bien, entonces. ¿O no?

Arrogancia epistémica, tal como la define Nassim Taleb, sería ofrecer una explicación sobre lo que ha sucedido, tal como están haciendo todos los expertos en economía y finanzas en este momento. Pero lo cierto es que nadie la vio venir. Y nadie verá la próxima. Y lo peor es que nadie, dice Taleb, bueno, casi nadie, se da cuenta de que el problema no está en el promedio, está en los momentos de orden superior. Miren la gráfica: en promedio Wall Street no anduvo mal ayer. Pero esa es la historia del borracho al que ponemos a caminar haciendo eses sobre la línea divisoria de la carretera: en promedio, debería sobrevivir; pero el promedio, tristemente para el borracho, es un abstracción estadística, no el mundo real.

Son tiempos interesantes.

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Über y el mundo por debajo

Ayer por la tarde arrancó Über en Costa Rica. En la noche se decomisaron los primeros vehículos, en operativo conjunto entre oficiales de tránsito y taxistas. Resta saber si la furia contra la plataforma durará lo que duró la campaña contra los choferes ebrios: unos cuantos meses. Pero me tiene sin cuidado la legalidad o no de la empresa, que de eso se van a venir a ocupar los tribunales. Lo que me preocupa es que nadie ve lo obvio: que Über no es exclusivo. ¿Qué impide a las cooperativas de taxis reunir un poco de capital para pagar el desarrollo de su propia plataforma? El costo no es excusa: un par de ingenieros en computación o electrónicos resolverían el asunto en dos o tres meses. Por el equipo no hay problema: a ningún taxista de los últimos que he contratado le ha faltado su celular inteligente.

Yo no creo, como Evgeny Morozov, que las plataformas como Google, Facebook, Waze, Über, nos vayan a engullir sin remedio. No si les hacemos frente: se puede competir. Establecer plataformas en la nube no es ciencia de altos vuelos: hasta un chico de Harvard lo puede hacer.

Pero si temo que es asunto de iniciativa. Y esa, como dice Edmund S. Phelps aquí, cuesta encotrarla cada vez más. Es más fácil esconderse en la concha, más fácil pedir que venga el Estado en nuestra ayuda. Con solo unos miles de dólares invertidos, hace rato que los taxistas de Costa Rica habrían tenido su plataforma (y no creo que los cientos de taxistas que tiene este país no se las puedan agenciar para aportar cien dólares cada uno). Habrían tenido el negocio montado, antes que se aparecieran los bárbaros del norte. Ahora la pelea les será cuesta arriba. (que se busquen la historia de los Luditas en la Wikipedia, y así de paso se enteran algunos que no solo para Facebook y Whatsapp sirve el celular).

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Crónicas del regreso

Pueden encontrar una versión preliminar gratuita de mi nuevo libro de relatos Crónicas del regreso aquí

El libro ha sido publicado dentro del proyecto Gutenberg, y su comunidad de autores. Colocaré en los siguientes días algunos extractos del texto.

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