Alfonso Chacón Rodríguez

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Página web: https://achaconr.wordpress.com/

Mi tío Luis

Sabía mover los dedos más tristes

en un floreo de yemas y chasquidos.

Por los trastes una confesión impúdica,

amor bendito con aromas de manzanilla/limón,

la lanza en ristre, la mirada ruin:

¿dónde, díganme, debía morar el peor de los lobos,

sino en su turbio cubil opíparo, el lecho de mi tío Luis?

De carnes magras, piel cobriza y cicatrices en el rostro,

no tan alto para destacar ni tan bajo para ser invisible:

con el abrazo de una cumbia rindió más de una almena,

puentes levadizos en el olvido

por guerras transmutadas en paz de resignación.

Si a su entierro acudieron reclamos y abandonos, no está claro,

mas los lloros eran gemidos de agua clara

y besos escamoteados con rocío y alcanfor.

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Hijo de nada

Soy hijo de mi padre y de mi madre,

de dos gametos, el ADN y el catecismo.

Hijo de noches en vela y dos tetas con pezones

y alguna nalgada bien merecida.

Porque porto en la sangre genes oscuros y otros más claros

y episodios de Verne en húmedas tardes de octubre,

veo y no siento las imbricaciones numerosas que me convirtieron en hombre:

si bueno por mi abuela,

si malo por mis lecturas de filosofía.

Así lo recuerdo y rindo homenaje a cuanto me hizo y me maldijo:

desde la noche en que aprendí a gozar del cuerpo

hasta el día en que mi carne se deshaga en tripas, pus y sesos.

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El grillo es un hermano

Un auto nace en el acero: dulce memoria con olor a gasolina,

abierta como chancro que sangra en alcohol y cebolla,

un compendio de moléculas con voz de enana herida.

Los hornos vertieron la muerte primera, vinieron tornillos

y mil grillos zarandeando láminas frías:

así, amasijo de tuercas y nervios y manos de metal,

cuero, plomo, goma, plástico y vidrio cromado,

gente hormiga y mucho cobre en cables y contactos;

demonio libre como perro sin correa.

 

 

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Inocencias perdidas

Escucho y leo últimamente los comentarios de muchos, en la calle, la prensa, las redes sociales. Con desazón y amargura, parecen girar la mayoría alrededor de un sentimiento mutuo de desilusión con el país en que creían vivir. No importa que a veces la desazón se disfrace con carcajadas por las imágenes de un magistrado tambaleándose en su baile ebrio con una valija de rueditas, esperando por abordar un vuelo internacional (y cuya imagen me trae a la memoria los pasos tembleques de los cerditos de la granja animal de Orwell, cuando decidieron que caminar en dos patas era mejor que sobre cuatro): en el fondo, son risas con sabor a hiel y desamparo. Y admito que me asombra incluso, que la clasificación nacional para una competencia global de patear bolas (capaz de lograr en una noche de frenesí descocado que una mitad del país se olvidara de la otra mitad que se anegaba bajo las aguas de Nate), no alcance a acallar las voces de tanto desengaño anonadado a escasos meses de elegir a quienes nos gobernarán por cuatro años más.

Pero es que en mi caso, ese desengaño hace rato que cicatrizó. Y puedo decirles precisamente cuando fue que vine a tomar conciencia de que en Costa Rica hay algunos mucho más iguales que los demás. Es más, puedo hasta darle rostro y cuerpo a los días de mi esclarecimiento, que  en mi recuerdo se encarnan en la figura de un señor de bigotito entrecano, algo encorvado, de una edad rayando en la que tengo yo ahora. Un hombrecito quizás insignificante, que va subiendo solo, sin escolta policial, la cuesta frente al edificio de apartamentos donde vivía yo entonces. Al final de la cuesta, estaba la Cámara de Turismo, y unos metros más allá, sobre la ruta vieja hacia Zapote, estaba la licorera donde el hombrecito se proveía de whisky y ron, o cervezas quizás. Conjeturo que era su  intención la de paliar así el cáncer terminal por el que, rezaba su sentencia judicial, le había sido concedido el arresto domiciliario en la casa de la que supuestamente no podía salir, a dos cuadras del Colegio de Abogados y Notarios. Fueron varios años de verlo en su transitar, sin que se notara el efecto degradante de aquel cáncer en la nariz que, según los dictámenes médicos que justificaron la decisión de los justos jueces, debía llevárselo a la tumba en escasos meses (si bien tardó dieciocho años desde su dictamen en lograr su mortal cometido, y es que supongo que los milagros existen también para los altos funcionarios judiciales). A veces, mi vecino Joe, desde su ventana, saludaba con su tonante voz de bajo al hombrecito: “¡Asesino! ¡Sinvergüenza!”. Pero el hombrecito no devolvía nunca el saludo (y tampoco sé si sentía aquella mentada vergüenza o no: no se le notaba al menos en el semblante impávido ni tampoco en su paso que parecía quizás demasiado ágil para un moribundo).

Aquel hombrecito, hacía algunos años, había acribillado a mansalva a un estudiante de Derecho egresado de la UCR, en medio de un turno, en La Pacífica de San Francisco de Dos Ríos, cerca de mi casa paterna. Dicen que lo había alentado su esposa a defenderse de la afrenta. Dicen que fue a razón de una disputa: minutos antes, el estudiante, Leonardo Chacón Mussap (con cuya familia no guarda relación alguna la mía) había intercedido en defensa de una mesera, en uno de esas cantinas precarias que antes se montaban en los turnos de pueblo. Dicen que un hijo del hombrecito la insultaba, cuando Leonardo intervino. Dicen que el hombrecito se volvió a su casa, azuzado por su mujer. Dicen que volvió con un revólver o una pistola, y que le vació el cargador por la espalda al muchacho. Y que luego se volvió como si nada a su auto y se fue con su esposa del lugar. Y habiendo tantos que decían lo mismo (creo que a eso lo llaman testigos presenciales, pero es que mi ignorancia del derecho últimamente parece ser cada vez mayor), no quedó otra a los jueces que lo juzgaron a su ex compañero de trabajo, que condenar como culpable de homicidio simple al hombrecito y a su mujer como instigadora.

Creo recordar que a la señora nunca la encarcelaron. Y hubo después noticias de que al hombrecito lo alojaban en la biblioteca del centro penitenciario donde debía guardar prisión, lejos de las celdas de los reclusos comunes (esos que provienen de los barrios bajos, como enseñaba en su clase por aquellos mismos años mi profesor de ética, Mario Alfaro, porque los delincuentes de clase alta viven en lugares de más alcurnia). Pronto le sobrevino al hombrecito la fulminante enfermedad que motivó la misericordia de sus ex compañeros laborales y, pasados los años de su libre prisión domiciliaria, el antiguo director administrativo de la Corte Suprema de Justicia recibió su adecuada jubilación, mediante un caritativo fallo de nuestra Sala Constitucional (muchos de sus magistrados viejos amigos del hombrecito, pero por favor don Mario, no se sobresalte, espero comprenda lo equivocada que estaban sus clases, que como aclaró hace poco ante el Congreso el actual presidente de nuestra Corte Suprema, la ética está por debajo de la ley). Así se murió el hombrecito, tras su cruenta y despiadada dolencia, a los 71 años, castigo divino afirmarán los que sostienen que dios no olvida, por haber fusilado a un joven de 33 años, casi un cuarto de siglo atrás. No me vengan entonces con escandalizarse por redes de contubernios, nepotismos y favores políticos en nuestro tercer poder republicano. ¿En que país han vivido estos últimos años? ¿Acaso el más feliz del mundo?

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Apoyemos la petición por rebajar el presupuesto de la campaña política, para así reconstruir Costa Rica

Hola

Respaldo esta iniciativa para rebajar el presupuesto de la campaña política para reconstruir Costa Rica.

Por favor, hagamos oír nuestras voces. Ya la campaña política arrancó para el 2018, con decenas de anuncios televisivos y carteles por parte de uno de los candidatos. Justo en el momento en que cientos de costarricenses (si no miles, y es el que número puede ser inexacto tras el extraño silencio en que se han sumido los medios mayoritarios sobre el impacto de la tormenta Nate, pero que no ha impedido a uno de ellos colocar varias veces seguidas noticias de portada sobre un supuesto Whatsapp que hasta ahora nadie ha podido ver).

¿No es este momento de ser solidarios y parar la politiquería? ¿No bastan ya las declaraciones irresponsables de un jefe de campaña, acusando al gobierno de demagógico por decretar emergencia nacional? ¿Que esperaba, que el Presidente se cruzara de brazos ante una tormenta que destruyó gran parte de la infraestructura vial, derrumbó decenas de viviendas, y se llevó consigo muchos sueños y vidas? Como me hubiera gustado ver menos celebración luego de la clasificación al mundial de fútbol, menos cervezas y más víveres en las manos de la gente, llevando ayuda a los damnificados.

Ojalá recuperemos la cordura pronto, ahora que muchos costarricenses sufren y reclaman nuestra ayuda. Apoyemos esta petición.

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Lanzamiento de Crónicas del Regreso, edición impresa

Hola, amigos

A todos los que me han preguntado últimamente en que estoy trabajando, les quiero anunciar el lanzamiento impreso hoy de mi libro de ficción Crónicas del regreso, por la plataforma Amazon. Cómo parte de este lanzamiento, he colocado además una promoción por tiempo limitado para las versiones electrónicas de mis otros libros: El luto de la libélula, y El tiempo en los ojos. Además, existe ya una nueva edición impresa en Amazon de El luto de la libélula, dado que se agotó ya el segundo tiraje de la primera edición por la EUCR.

Recuerden que aquellos que compren las versiones impresas, tienen derecho a la versión Kindle de forma gratuita. Además, aquellos socios del programa KDPSelect tienen también acceso gratuito a las versiones Kindle.

Gracias a mi sobrino Christian por ayudarme con la portada, y a Magda por su arduo trabajo de edición (yo sé que no es sencillo aguantarme :-).

Les agradezco de nuevo a todos mis lectores por su apoyo, y espero oír sus comentarios por Crónicas del regreso, por acá o por el sitio de Amazon.

Acá el enlace de mi librero en Amazon

 

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Precedentes funestos

No pretendo escandalizarme ahora, ni siquiera fingir sorpresa, de que en nuestro país, los tan mentados medios independientes no lo sean tanto, con las revelaciones entre el encuentro de los directores de Telenoticias de Canal 7 y La Nación, con el candidato liberacionista Johnny Araya y su director de campaña (y hoy a su vez precandidato presidencial), Álvarez Desanti, horas antes de que el primero se retirara de la campaña por la presidencia. Ya hace rato que los lamentos hipócritas de la Nación y de Canal 7 no me conmueven, cada vez que éstos invocan la sacrosanta libertad de prensa para defender sus intereses comerciales (como el de que un gerente, de un Banco de capital público pero actividad privada, decida no pautar en alguno de ellos, con la justa razón que le da el velar por los activos que administra).

Muchos en este país hace rato que tienen bien claro el contubernio que enlaza a estos medios con las cúpulas de algunos partidos y familias gobernantes. Para los de corta memoria, recuérdese la campaña de Miguel Ángel Rodríguez contra José Miguel Corrales, de como Canal 7, en clara violación de las normas del Tribunal Supremo de Elecciones, proclamó vencedor por un margen arrasante a Rodríguez a varias horas del cierre de las urnas: nadie terminó sancionado esa vez y queda para la historia la apocada reacción del candidato liberacionista, que en lugar de avivar a sus huestes casi que las animó más bien con su tímida reacción a quedarse en casa y no ejercer su derecho ante una elección que prácticamente decidió el susodicho canal (y que terminó ajustadísima, es decir, que bien hubiera podido ganar el PLN si no se le hubiese acobardado su candidato). Ni siquiera hace falta hablar de la inacción estatal ante la ley de espectro radioléctrico, que sigue regalando a algunas familias acaudaladas en el país, en cientos de colones, bandas de frecuencia  que estas mismas familias arriendan a otros por varios millones de dólares al año.

Queda en el recuerdo también la campaña del miedo contra el Frente Amplio en las pasadas elecciones, o el ninguneo al que periódicamente se sometió al PAC desde su fundación por Ottón Solís, que terminó forzando a segunda ronda (y a la derrota el PLN ca manos de Abel Pacheco) en 2002, que casi le roba la presidencia al gran favorito Óscar Arias en el 2006, y que terminó electo en el 2014 (recordemos, de paso, que a Luis Guillermo no lo invitó canal 7 a sus programas televisivos al principio de la campaña). Lo único que, realmente, me sorprendería, es que hubiese una reacción ciudadana: lo más probable, la mayoría de los costarricenses están hoy más preocupados por si Keilor Navas continua en el Real Madrid, dadas sus pésimas actuaciones más recientes. Bien lo dice ese malgastado refrán: que tenemos los gobernantes que nos merecemos, y este asunto no creo que vaya a más. Ya cosas peores se han olvidado en este país.

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Más de lo mismo

Arranca otra vez la campaña electoral. Y como atrapados en un ciclo -pero tan, tan lejos de los significativos ciclos védicos-, de nuevo nos vemos los ciudadanos acosados por los letreros y las consignas, las palabras vacías y las promesas. Queda, no obstante, en el aire, la pregunta: ¿es que los dueños del circo no escuchan? La indiferencia de la población ante un nuevo proceso electoral es una voz de alerta –quizás equivocada, pero representativa aún así – de que elegir un gobernante poco o nada les importa. Ya mucha tinta han vertido nuestros expertos y sabios sobre la decadencia de nuestra supuestamente ejemplar democracia participativa (alguna que otra voz es respetable, aunque la mayoría, soy sincero, no mucho más que loras cacofónicas con la boca llena de lugares comunes) e, inquietos por la creciente abstención, no faltarán los llamados cívicos del Tribunal Supremo de Elecciones a participar en estas elecciones y fortalecer así los cimientos de nuestra república.

Pero un simple vistazo por las superficiales soluciones que, hasta ahora, ofrecen los pre-candidatos (sea en sus shows televisivos, o en los elegantes sitios web de sus plataformas) no hacen sino confirmarme que, en el fondo, la intención de las castas gobernantes es seguir tal cual, haciendo oídos sordos al reclamo fundamental. No hay, en el trabalenguas de sus propuestas, una sola idea, un concepto diáfano de la nación costarricense como un ente unificado con un norte definido: el desordenado estado actual de la nación costarricense revela precisamente esa falta de ese proyecto nacional. El problema no son las filas en la Caja del Seguro Social, ni los puentes angostos o las calles rotas, ni la evasión fiscal ni el narcotráfico en nuestros barrios o la inoperancia administrativa de nuestros funcionarios públicos. Todo esto no son sino síntomas: el cáncer está más adentro. Los costarrienses, hace rato que no nos sentimos una nación, si no es frente a la pantalla de TV mirando a la selección de fútbol mayor.

Yo hace mucho que he dejado de comprar el trillado sonsonete del gobierno popular: lo cierto es que en Costa Rica –como buena democracia burguesa a lo europeo – sólo accede a gobernar quien tiene la plata y los conectes para entroncarse. Pero creo, como Churchill, que aunque sea imperfecta, la democracia liberal es lo mejor que tenemos. Y toca a nuestros líderes trazar el rumbo claro que, en la medidad de lo posible, sostenga y proteja los intereses de la mayoría. Nada garantiza la permanencia de nuestro país: todos los estados, tarde o temprano, colapsan. Y si la culpa recae siempre sobre sus líderes, electos o no, es conveniente recordar que, al final, son los pueblos los que terminan pagando los platos rotos. Y que muchas veces, cuando el pueblo llama a cuentas, cansado de ser trapo de piso, no lo hace con sabiduría: ¿es necesario llegar a ese extremo? ¿No podemos, señores y señoras, pensar un poco mejor y ofrecer algo más sensato, antes de que algún loco aparezca con ideas peligrosas envueltas en falsas promesas?

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“Crónicas del regreso” disponibles para Kindle

La versión Kindle de mi nuevo libro de relatos: Crónicas del regreso está ya disponible en la tienda de Amazon. Habrá futuras promociones en los días siguientes para los interesados.

 

Aquí el enlace:

https://www.amazon.com/Cr%C3%B3nicas-regreso-Spanish-Alfonso-Rodr%C3%ADguez-ebook/dp/B01LDHPBF2/ref=sr_1_3?ie=UTF8&qid=1478707460&sr=8-3&keywords=alfonso+chacon+rodriguez

 

 

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Apuntes perplejos: Humildades epistémicas

Una de las labores más ingratas a las que se enfrenta quien investiga es hacer el informe final (sobre todo cuando el plazo ha vencido y nos atormentan los recordatorios diligentes, sellados y firmados, sobre nuestra tardanza). He pensado mucho al respecto en estos días, no solo luchando con el texto que se niega a avanzar tanto como quisiera, sino con la frustración inherente de descubrir que tantos objetivos planteados en la ambiciosa propuesta fueran a dar tan lejos del blanco.

Aunque podría ensayar explicaciones sobre tan pobres resultados (nunca falta a quien culpar: la burocracia, los malos asistentes, la falta de recursos) o refugiarme en la autoflagelación, y confesarme desordenado y víctima de mi tendencia a dejar todo para el final, he de pronto encontrado salvación para mi ego dolorido en dos autores que, de una manera bastante convincente, me aplacaron las culpas y me permiten ahora aferrarme a esa trillada verdad refranera de que el mal de muchos es consuelo para algunos tontos, como este servidor.

Y como pienso que es injusto guardarse un remedio que quizás pueda servirle a otros tantos que, no dudo, habrán pasado por estas aguas turbias de justificar un proyecto fallido, decidí revelar esta nueva pomada, empezando por la verdad más amarga: los humanos somos pésimos planificadores.

Hablaré entonces primero de uno de los autores, el Dr. Nassim Taleb, operador de bolsa, especialista en probabilidad y estadística y antiguo profesor universitario. Cuenta Taleb en su más reciente libro, Antifragilidad: cosas que ganan con el desorden, que cuando Yogi Berra (otros dicen que se trató más bien de Niels Bohr), aseveró que predecir es muy difícil, especialmente el futuro, no hacía más que revelar una verdad que la estadística comprueba: la mayoría de los proyectos nunca terminan en el plazo esperado y muchos terminan gastándose entre el doble y diez veces lo originalmente proyectado.

Taleb acusa de lo anterior a la modernidad, al crecimiento exponencial de las consultorías y los expertos, a la burocracia y las comunicaciones digitales, y sobre todo a nuestra creciente arrogancia epistémica y la apuesta ciega al modelo lineal baconiano de creación del conocimiento (en castellano castizo: creerse que sabemos más que los demás, que la ciencia engendra la tecnología, que es posible predecir con exactitud y que somos capaces de explicarle a los pájaros cómo deben volar).

La planificación estratégica a largo plazo, de hecho, nos dice Taleb, es lo que vuelve tan complicado y propenso al fracaso a cualquier proceso humano actual, porque quien planifica, sin importar cuántos cursos de manejo de riesgo haya llevado, siempre minimizará estos –inconscientemente, es inevitable– y nunca podrá prever los verdaderos imprevistos en su camino. Taleb no es precisamente una persona políticamente correcta: dice lo que piensa sin rodeos (y generalmente, los hechos le dan la razón, como cuando explicó en su famoso Cisne negro que algo andaba mal en Wall Street, un año antes del crash inmobiliario).

Pero lo peor, sentencia Taleb, es que estos mismos expertos y planificadores nunca pagan el precio por sus consejos; por ejemplo, por entrar en un tema espinoso como el de la economía: ¿quién revisa las predicciones económicas de un año atrás? ¿Alguien le lleva la cuenta a la infinidad de veces que los expertos del FMI, del Banco Mundial, de Wall Street, han acertado con un pronóstico? O lo que resulta más importante: ¿si alguien dice que un instrumento financiero es calidad AAA, y luego resulta que se convierte en un bono basura, no debería ser responsable del dinero que pierda quien haya invertido en aquel?

Taleb es filoso con sus afirmaciones: para él, muchos expertos y planificadores profesionales generalmente no saben realmente mucho del tema sobre el que ofrecen consejo o toman decisiones, pero venden muy bien su aparente certeza mientras que otro paga la fiesta (Dick Cheney estimó que la guerra contra Irak costaría máximo unos 100 mil millones de dólares por una campaña de dos años a lo sumo; terminó costando entre tres y cuatro billones de dólares por más de siete años de guerra con sus consecuencias posteriores, y obviamente ni Cheney ni Bush tuvieron que pagar un cinco por su error de cálculo).

Pero si volvemos a lo nuestro, a la academia, leer a Taleb es sacar del baúl preguntas inquietantes: ¿Podemos realmente planificar la investigación? ¿Es investigar una cuestión de manual, instructivos, formularios y herramientas estadísticas para producir gráficos bonitos? ¿Qué objeto tiene plantearse como meta el descubrir algo específico, en un tiempo dado?

Taleb dice que la investigación burocrática está condenada al fracaso y ofrece una alternativa, la que usaron Edison y muchos otros: la de la investigación como un proceso azaroso de prueba y error, de descubrimientos accidentales, donde el verdadero talento del investigador reside en darse cuenta si el error es útil o no. La investigación debe hacerse entonces con objetivos flexibles, en tramos cortos, sin cerrarse vías y siempre con la disposición a rectificar la dirección. Los descubrimientos revolucionarios, dice Taleb, han llegado por inspiración, por la vía negativa de hallar lo que no funciona y el trabajo necesario para darse cuenta cuándo, tras tantos topetazos de nariz, nos encontramos con la botija al final del arcoiris: así fue con la Viagra, la fotografía a color, la radiactividad y hasta las rueditas en las valijas (¿cómo puede ser, se pregunta Taleb, que tuvieran que pasar miles de años desde la invención de la rueda, para que a alguien se le ocurriera ponerle rodines al equipaje?).

Es que las cosas solo parecen obvias y ordenadas una vez que han sido hechas. Y aunque suene a anatema, lo cierto es que generalmente la tecnología antecede a la ciencia (Taleb ofrece un argumento convincente y documentado al respecto), y el conocimiento revolucionario no tiende a obtenerse por medios planificados.

En fin. Más combustible para reflexionar para quienes transitamos esto de la investigación… pero me devuelvo a lo que compete: que tengo que continuar con mi informe. Quedará para una próxima ocasión el segundo autor (y hablando de falta de planificación, aquí estoy de nuevo, ya pasado del número de caracteres que tenía dispuesto para esta columna: hay gente que nunca aprende).

Nota: Comentario publicado originalmente aquí

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