Milonga entre dos que no quieren bailar

Para Susana Lalli,
Porque el amor también exila

Horacio gustaba sentarse entonces a la sombra, con el maletín sobre el regazo. Decía que el sol tropical lo mataba. Venía y nos abría la puerta de la taberna, le pedía a Mayela que conectara la cafetera y se iba a comer lo de siempre, un sándwich de rábanos, sentado en uno de los bancos, bajo el alero que miraba a la calle. Nosotros, mientras tanto, entrábamos tanteando la penumbra, averiguando el suelo con los ojos deslumbrados, hasta que José Pablo encontraba el interruptor y encendía la luz principal. Podíamos entonces navegar entre el desorden siempre distinto de Mayela, que tenía su gusto para acomodar las mesas cada noche de una forma que nunca compaginaba con ninguna anterior. (Quizás por eso entraba siempre de última, para no chocar con alguna y tener que aceptar su culpa: esperaba a la luz, y luego se metía segura debajo de la barra: llenaba la cafetera, y la enchufaba en la pared). José Pablo, entretanto, se subía a la tarima, colocaba una silla, sacaba la guitarra y empezaba a afinar. Lo hacía rápido y luego me daba el tono: a mí no me gustaba usar el afinador digital, sentía que aquella aguja no podía ser música, sino algún truco que no podía comprender. Tocábamos dos o tres piezas como calentamiento, y luego practicábamos algo más reciente, para terminar con las clásicas: “Caminito”, “La última curda”, o alguna otra de las que nunca recordaba el nombre. Yo, de todos modos, no me preocupaba: era segunda guitarra. Solo averiguaba la clave, la progresión, el rasgueo (que fue lo que más me costó aprender, eso de llevar el ritmo con el pulgar, y también la manía de usar acordes en séptima mayor), y me unía al arranque que hacía José Pablo, no me interesaba el tango en realidad. Lo mío era acompañar y por ello Horacio no me pagaba bien, lo que me tenía sin cuidado: era aquello sostén de estudiante de ingeniería sin empleo, no más. Al rato él venía, guardaba el maletín bajo el mostrador, desconectaba la cafetera justo antes de que el agua hirviera y sacaba su bombilla, la yerba y el mate. Lo cargaba bien su mate, lo llenaba con el agua de la cafetera y se nos sentaba a la par, a escuchar con la bebida en la mano. Meneaba la cabeza un poco, en ocasiones comentaba: Esa te quedó gauchita, pero no cantaba. Era lo suyo cebar y sorber y a menudo una queja: Lo que nos falta es conseguirnos un puto bandoneón.


En la noche, cuando el calor ya iba cediendo y el fresco se metía por las ventanas, sacábamos los micrófonos de los baúles, reacomodábamos las sillas. Él pasaba un trapo por las mesas, dejaba que Mayela barriera. Martín recogía las entregas de los proveedores, cancelaba los recibos y preparaba los depósitos, daba las órdenes a la cocinera, hacía la caja. Horacio confiaba en él como en un hermano, aunque fuera chileno. Una hermandad sudamericana, lo choteábamos José Pablo y yo, cuando Horacio alejaba la oreja y Martín nos quedaba al lado, y éste se encogía de hombros: A mí lo que me consta es que, en la escuela, a mí me enseñaron a dibujar a Centroamérica como si fuera una banana, decía, y José Pablo lo mandaba a la mierda.

Ahora que lo pienso, había demasiado personal para un local tan chico, en un centro comercial que se venía a menos: había sido la idea de los diseñadores del centro la de replicar un pueblo colonial, con una plaza con su fuente y su quiosco a la antigua como punto concéntrico (y aquello había devenido en un desorden laberíntico de escaleras, recovecos y corredores oscuros, por los que se desparramaban los locales de ventanas estrechas y poco espacio). Nosotros éramos seis en total para nueve mesas y una barra para cinco. En fin, de todos modos no habría durado. Incluso cuando se llenaba yo sabía que no había forma de que aquello terminara tablas. Pero para Horacio todo parecía un deporte. Martín venía, le decía: Hoy faltó para cerrar y al tiro vienen mañana los de la cervecería a cobrar. Y Horacio, como si nada, sacaba la billetera: Ché, oíme, si todo fuera tan fácil como eso. Comíamos algo ligero, todos sobre una mesa, rápido. Luego Mayela recogía los platos y algún otro abría la puerta.


A las ocho empezábamos a tocar, hubiera gente o no. Generalmente no. De ocho a doce, y si había público podíamos seguir hasta la una, con cortes de quince minutos y sets de cuarenta. Por supuesto que ya para las diez estábamos repitiendo canciones pero la gente comprendía. De todos modos casi no nos ponían atención, excepto cuando llegaban argentinos o uruguayos o algún nativo con ínfulas de Gardel y se ponían a cantar. Entonces se armaba. Horacio se subía al escenario —un tablado dos por dos que no subía ni una cuarta del suelo— y hacía de maestro de ceremonias: Filo, che, que te quedó bárbaro, y se abrazaba y decía: Hoy estamos de olvido. Esos días teníamos claro Juan Pablo y yo que nos quedábamos hasta tarde, porque Horacio de pronto pasaba candado y hacía fiesta privada: dejaba irse a Mayela, a Martín, a la cocinera, a todos menos a nosotros. A mí en realidad no me molestaba: era la mejor hora de Horacio, porque abría la refrigeradora, sacaba cervezas, repartía ron. Es que no podía durar aunque quisiéramos. Era solo al rato, cuando se subía el alcohol, que aquello cambiaba: las milongas se les metían por entre la piel y uno por uno empezaban a lucubrar: que San Telmo, la Boca, el clásico en el Monumental, Recoleta y tomarse un cortado con medialunas en el Tortoni, vagabundear por Corrientes, buscar libros en el Ateneo y los paseos en verano por la línea Mitre hasta Tigre, yo qué sé: a mí los nombres me daban vuelta en la cabeza, mezclados con los malditos acordes en séptima mayor y los círculos y la dificultad de seguir a José Pablo, que conforme se emborrachaba encontraba más difícil seguir el tempo y a veces derivaba en riffs que más parecían jazz que música de compadrito. El grupo se deshacía, corrían las mesas, le daban al baile, aunque no hubiera mujeres, o faltaran los hombres, no importaba: las parejas se armaban, en un paseo por el piso escaso se hacían espacio, se contoneaban evitando chocar y Horacio iba y venía del bar, hasta que, de repente, se restregaba los ojos azules, colmados de humo, y decía lo de siempre: Es que yo, Horacio Reuben, servidor, soy doblemente exilado, judío y argentino, una sombra de hombre, nada más, y sacaba la fotita que siempre andaba en la billetera y la pasaba entre los que hubieran aguantado hasta ahí. Un chicuelo moreno, de rizos negros, ojos asustados de dieciséis años si acaso. Venían luego las maldiciones, si era conocido el grupo, o las preguntas, si alguien no sabía la historia. ¿Historia?, manifestaba entonces Horacio: pues eso es lo que menos hay, porque historia es lo que tiene fin, y ese chico, donde lo ven, está congelado en el tiempo. ¡Un plato, no! Qué sé yo: se lo llevó un Falcon sin placas y terminó en la desembocadura del río, en el fondo del Atlántico, cortesía de la Escuela de Mecánica de la Armada y del sargento que lo ayudó a saltar del avión, sin preguntarle si sabía nadar al menos, por si acaso hubiera sobrevivido los mil y pico metros desde donde cayó.


Entonces era el mutismo en el grupo y José Pablo y yo sabíamos que era hora de empacar, porque a todos —sin importar si era esa la primera vez que se veían o se reunían— les venía esa introspección en que desembocaban siempre sus recuerdos, cuando supongo que para adormecer el dolor del exilio no bastaba ya una canción ni un trago de Fernet y solo restaba hablar. No nos quedábamos mucho, en fin, si acaso quince minutos recogiendo cables, cerrando estuches, pero era suficiente para escuchar lo mismo, aunque fueran voces diferentes, pero es que la historia —aquella que no existía según Horacio— se repetía como un estribillo, y a veces costaba descubrir detrás del ruido de las voces roncas algo que no fuera murmullos sin sentido, algo que nos dijera a José Pablo y a mí que aquellos nombres que tanto se mencionaban habían algún día correspondido a una cara y un cuerpo. Solo, de vez en cuando, había nombres que se repetían, y que uno a fuerza de escuchar sabía reales porque era difícil pensarlos falsos de tan insistidos, Astiz, Videla, Galtieri, y sin embargo estos parecían siempre como apostillas, casi de pasada, como referencias útiles solo para apuntalar aquellos otros nombres que parecían más importantes precisamente por ya no estar.


Así, entre el humo espeso de los cigarrillos, oíamos a Horacio siempre declarar lo mismo, en fin, que al menos en su caso no había incertidumbre, que el patriótico sargento muy luego confesó su acción, aunque el cuerpo, o lo que fuera que quedase nunca apareciera en una playa uruguaya, ni hubiera un buque mercante extranjero que lo encontrara a la deriva hecho un bulto inflado de carne picoteada por tiburones, y luego iba y nos abría a José Pablo y a mí, y nos pagaba una extra, pero no se despedía porque el recuerdo y quien sabe si su mente ya las tenía atrás, aún más lejos que el grupito que permanecía hecho un rumor a sus espaldas y que nunca sabíamos a que hora se dispersaba, porque al llegar al día siguiente ya el sitio estaba limpio —eran los únicos días en que sabíamos hallar las mesas entre la oscuridad— y Horacio nos recibía con la misma cara, ni cansada ni fresca, como si trasnochar le viniera igual que dormir. Uno podría preguntarse entonces cómo no nos percatamos antes, pues en cierto modo sabíamos que con Horacio nada era repentino, ni siquiera su manera de hablar, aunque Martín dijera una vez que Horacio actuaba como esos gauchos que bien saben que el ganado no siempre vira para donde uno lo guía — observación que de inmediato nos pareció manchada de mala intención, quizás por oír en Martín un dejo ofensivo que no se empataba muy bien con la confianza con que Horacio le dejaba el manejo de la registradora y los pagos, ni mucho menos con una personalidad casi críptica que resultaba sin embargo familiar por la rigidez de las costumbres de nuestro patrón. Lo cierto es que, desde un momento que únicamente hasta muy luego pudimos precisar, se cortaron las reuniones. No hubo más.
Pero en realidad uno andaba muy preocupado por sus cosas, y si bien las extras nos empezaron a hacer falta, no creo que José Pablo ni yo pensáramos en aquello como algo menos que una tregua, pero de repente Horacio empezó a beber whisky desde temprano y se olvidó del mate, y dejó de pasear por entre las mesas, aun cuando estuvieran ocupadas por algún comensal de sus grupos de tantas noches, y fue solo a tras un par de semanas que empezamos a conjeturar aquello relacionado con aquel hombre calvo de cara oscura, que se empezó a sentar en la mesa junto a la puerta cada noche, de ocho a diez, sin mirar a nadie y sin embargo siempre dentro del rango de observación de Horacio. Alguna vez incluso lo escuché tararear al tipo, pero cuando levanté la vista el hombre solo acariciaba el vaso, con sus negros ojos perdidos, y fue en ese momento que estuve seguro, que algo pasaba, cuando me di cuenta que Horacio y el hombre jugaban un juego parecido, porque aquel igual permanecía detrás de la barra, sin vernos, ni seguir las canciones con la mirada, porque sus ojos se desenfocaban como los del tipo oscuro ante cualquier objeto más allá del ángulo visual de su cabeza inclinada, y pienso que de ahí vino aquel súbito comentario de Martín, una especie de premonición, pues un día Horacio le tomó la caja sin avisarle y ahí mismo le descubrió un desfalco de varios miles.


Martín se fue sin responder los cargos, junto con la cocinera —a la que Horacio le encontró ese mismo día diez bistecs para milanesa bien congelados y empacados en su salveque— y Horacio ahora se protegía tras la registradora, como para no ver, y sin embargo, cerca de la hora de cerrar, el tipo calvo y oscuro se ponía de pie, se llegaba a la caja y pagaba clavándole los ojos a las manos de Horacio, y éste en cambio parecía examinar las teclas de la registradora, el vuelto, el recibo: era un evitarse como el de una milonga entre dos que no quisieran bailar, no porque no se miraran —donde el negarse a cruzar la mirada no desmiente la sincronía de sus cuerpos en ejecución, como lo haría la mejor de las parejas—, sino porque, al igual que un chica que coquetea sin mirar a su escogido, eran aparentes los esfuerzos indirectos del calvo por atrapar las pupilas de Horacio, que se iban a resbalar siempre sobre el sobretodo gris del extraño.

Por eso fue rara esa noche, cuando de pronto, en medio de un set, nos levantamos y vimos y Horacio no estaba detrás del bar ni tras la registradora, y solo un leve giro de cabeza nos permitió columbrarlo en la misma mesa con el extraño, sentados frente a frente, pero Horacio aún sin mirar a un interlocutor que no conversaba, que únicamente le plantaba la cara como lo hace un tajamar. En realidad fue inesperado, y sin embargo, después, podríamos haber dicho Mayela, José Pablo y yo que aquello tenía que ocurrir. Que no era posible seguir así, el bar de pronto había empezado a quedarse vacío, cada noche más, ya sin cocinera, sin fiesta privada, en fin, como si el estruendo con que terminó Horacio hubiera sido el final justo y previsto. Por eso la sorpresa fue mínima cuando vimos el fogonazo y Horacio cayó para atrás, los ojos abiertos hacia el techo, el boquete en el mismo sitio del pecho donde le percibimos, en un instante escapado, apuntarse una pistola que ninguno de nosotros supo de donde la sacó. Mayela gritó su alarido, y yo sentí casi en el estómago el peso del Horacio cayendo para atrás, envuelta la camisa en escarlata. Solo nos extrañó la pose del tipo oscuro, que permaneció sentado, sorbiendo del vaso como si se aclarara la garganta, y que permaneció quedo incluso cuando se le acercó a hablarle José Pablo y luego el guarda del centro comercial, y que no se movió ni siquiera cuando aparecieron los dos policías, e inquirieron por el muerto sobre el charco de sangre, y yo, que de pronto descubrí la fotita del chico de rizos negros pegada a la mesa, dije: Horacio, Horacio Reuben, más para acallar el silencio, porque nadie más quería hablar.

No se movió entonces el extraño, ni tampoco cuando, algunos segundos después, de su boca entreabierta, salió como un mugido que, solo un instante después, entendimos que decía: No, Horacio Reuben soy yo, lo que hizo a los policías mirarme como diciendo: A ver si nos vacilás otra vez. Así hasta que uno de los pacos tomó la fotita y preguntó que quién putas era entonces aquél, nosotros contemplándonos azorados, encallados en la duda repentina, hasta que el calvo, antes de sorberse el último trago y levantarse, dijera: El de la foto es mi hijo. Y ese ahí tirado es el patriota que lo empujó hacia el mar.

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