Mi tío Luis

Sabía mover los dedos más tristes

en un floreo de yemas y chasquidos.

Por los trastes una confesión impúdica,

amor bendito con aromas de manzanilla/limón,

la lanza en ristre, la mirada ruin:

¿dónde, díganme, debía morar el peor de los lobos,

sino en su turbio cubil opíparo, el lecho de mi tío Luis?

De carnes magras, piel cobriza y cicatrices en el rostro,

no tan alto para destacar ni tan bajo para ser invisible:

con el abrazo de una cumbia rindió más de una almena,

puentes levadizos en el olvido

por guerras transmutadas en paz de resignación.

Si a su entierro acudieron reclamos y abandonos, no está claro,

mas los lloros eran gemidos de agua clara

y besos escamoteados con rocío y alcanfor.

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