Archivos para 13 marzo 2017

Precedentes funestos

No pretendo escandalizarme ahora, ni siquiera fingir sorpresa, de que en nuestro país, los tan mentados medios independientes no lo sean tanto, con las revelaciones entre el encuentro de los directores de Telenoticias de Canal 7 y La Nación, con el candidato liberacionista Johnny Araya y su director de campaña (y hoy a su vez precandidato presidencial), Álvarez Desanti, horas antes de que el primero se retirara de la campaña por la presidencia. Ya hace rato que los lamentos hipócritas de la Nación y de Canal 7 no me conmueven, cada vez que éstos invocan la sacrosanta libertad de prensa para defender sus intereses comerciales (como el de que un gerente, de un Banco de capital público pero actividad privada, decida no pautar en alguno de ellos, con la justa razón que le da el velar por los activos que administra).

Muchos en este país hace rato que tienen bien claro el contubernio que enlaza a estos medios con las cúpulas de algunos partidos y familias gobernantes. Para los de corta memoria, recuérdese la campaña de Miguel Ángel Rodríguez contra José Miguel Corrales, de como Canal 7, en clara violación de las normas del Tribunal Supremo de Elecciones, proclamó vencedor por un margen arrasante a Rodríguez a varias horas del cierre de las urnas: nadie terminó sancionado esa vez y queda para la historia la apocada reacción del candidato liberacionista, que en lugar de avivar a sus huestes casi que las animó más bien con su tímida reacción a quedarse en casa y no ejercer su derecho ante una elección que prácticamente decidió el susodicho canal (y que terminó ajustadísima, es decir, que bien hubiera podido ganar el PLN si no se le hubiese acobardado su candidato). Ni siquiera hace falta hablar de la inacción estatal ante la ley de espectro radioléctrico, que sigue regalando a algunas familias acaudaladas en el país, en cientos de colones, bandas de frecuencia  que estas mismas familias arriendan a otros por varios millones de dólares al año.

Queda en el recuerdo también la campaña del miedo contra el Frente Amplio en las pasadas elecciones, o el ninguneo al que periódicamente se sometió al PAC desde su fundación por Ottón Solís, que terminó forzando a segunda ronda (y a la derrota el PLN ca manos de Abel Pacheco) en 2002, que casi le roba la presidencia al gran favorito Óscar Arias en el 2006, y que terminó electo en el 2014 (recordemos, de paso, que a Luis Guillermo no lo invitó canal 7 a sus programas televisivos al principio de la campaña). Lo único que, realmente, me sorprendería, es que hubiese una reacción ciudadana: lo más probable, la mayoría de los costarricenses están hoy más preocupados por si Keilor Navas continua en el Real Madrid, dadas sus pésimas actuaciones más recientes. Bien lo dice ese malgastado refrán: que tenemos los gobernantes que nos merecemos, y este asunto no creo que vaya a más. Ya cosas peores se han olvidado en este país.

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Más de lo mismo

Arranca otra vez la campaña electoral. Y como atrapados en un ciclo -pero tan, tan lejos de los significativos ciclos védicos-, de nuevo nos vemos los ciudadanos acosados por los letreros y las consignas, las palabras vacías y las promesas. Queda, no obstante, en el aire, la pregunta: ¿es que los dueños del circo no escuchan? La indiferencia de la población ante un nuevo proceso electoral es una voz de alerta –quizás equivocada, pero representativa aún así – de que elegir un gobernante poco o nada les importa. Ya mucha tinta han vertido nuestros expertos y sabios sobre la decadencia de nuestra supuestamente ejemplar democracia participativa (alguna que otra voz es respetable, aunque la mayoría, soy sincero, no mucho más que loras cacofónicas con la boca llena de lugares comunes) e, inquietos por la creciente abstención, no faltarán los llamados cívicos del Tribunal Supremo de Elecciones a participar en estas elecciones y fortalecer así los cimientos de nuestra república.

Pero un simple vistazo por las superficiales soluciones que, hasta ahora, ofrecen los pre-candidatos (sea en sus shows televisivos, o en los elegantes sitios web de sus plataformas) no hacen sino confirmarme que, en el fondo, la intención de las castas gobernantes es seguir tal cual, haciendo oídos sordos al reclamo fundamental. No hay, en el trabalenguas de sus propuestas, una sola idea, un concepto diáfano de la nación costarricense como un ente unificado con un norte definido: el desordenado estado actual de la nación costarricense revela precisamente esa falta de ese proyecto nacional. El problema no son las filas en la Caja del Seguro Social, ni los puentes angostos o las calles rotas, ni la evasión fiscal ni el narcotráfico en nuestros barrios o la inoperancia administrativa de nuestros funcionarios públicos. Todo esto no son sino síntomas: el cáncer está más adentro. Los costarrienses, hace rato que no nos sentimos una nación, si no es frente a la pantalla de TV mirando a la selección de fútbol mayor.

Yo hace mucho que he dejado de comprar el trillado sonsonete del gobierno popular: lo cierto es que en Costa Rica –como buena democracia burguesa a lo europeo – sólo accede a gobernar quien tiene la plata y los conectes para entroncarse. Pero creo, como Churchill, que aunque sea imperfecta, la democracia liberal es lo mejor que tenemos. Y toca a nuestros líderes trazar el rumbo claro que, en la medidad de lo posible, sostenga y proteja los intereses de la mayoría. Nada garantiza la permanencia de nuestro país: todos los estados, tarde o temprano, colapsan. Y si la culpa recae siempre sobre sus líderes, electos o no, es conveniente recordar que, al final, son los pueblos los que terminan pagando los platos rotos. Y que muchas veces, cuando el pueblo llama a cuentas, cansado de ser trapo de piso, no lo hace con sabiduría: ¿es necesario llegar a ese extremo? ¿No podemos, señores y señoras, pensar un poco mejor y ofrecer algo más sensato, antes de que algún loco aparezca con ideas peligrosas envueltas en falsas promesas?

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