Archivos para 8 marzo 2016

Espléndido zafarrancho

Puede que el apego se haya desarrollado por la confluencia de orígenes profesionales. Que un ingeniero electricista sea responsable de un monumento literario así no deja de arroparme ante la manida pregunta de cómo conjuga uno literatura con algo tan seco como la ingeniería.  Pero es quizás la excepción más bien la gran respuesta: tengo la idea un poco incorrecta de que no son los escritores profesionales los que hacen la mayoría de las grandes obras. Con las disculpas de Vargas Llosa y García Márquez —esos respetables y sacros monumentos del canon latinoamericano, fuente inagotable de flujos de caja para herederos y editoriales europeas — pero yo tengo adentro la inquieta espina de que eso de escribir profesionalmente generalmente termina produciendo caricaturas más que literatura. El Vargas Llosa de la Ciudad y los perros, el García Marquez del Otoño del patriarca, parecen a lo lejos puntos álgidos nada más en medio de las hojas secas que vinieron después, (y quizás alguna que otra anterior para el colombiano: lo admito, que comparto el gusto de Bolaño en no gustar del Gabo).

Puede ser que solamente quien escribe sin el afán de llenarse la billetera puede obligar a su arte a tomar tanto vuelo como aliento tenga el escritor: el diletante de Proust entre sus sábanas esparcidas con migas añejas y tinta vieja, el eterno y circunférico Lezama Lima con su eterno Paradiso, Musil con su novela interminable a cuestas, los juegos atiborrados de pesada simbología que construyó Joyce alrededor de Dedalus y Bloom, Baldwin y su trasposición de la estética isabelina a las luchas sicológicas y sociales del siglo XX, no son tema de mercadeo sencillo para una editorial como Alfaguara o Planeta. Y en la época en que las editoriales construyen escritores con las estrategias de la música pop, no creo que Carlo Emilio Gadda hubiese llegado lejos  en un concurso literario contemporáneo con su expléndido zafarrancho romano y barroco.  (Y para el caso, tampoco Rabelais habría podido publicar sus afanes pantagruélicos ni existiría el Tristram Shandy de Sterne con su largo circunloquio vital: ver aquí, para una discusión interesante del asunto, del costo y la bendición de librarse de la horca resbalosa que significa comprometerse por un cheque editorial.  Y de paso, aclaro que fue Tim Parks el que me reveló en otro artículo suyo a Gadda, a Spark, a Baldwin y a Stead).

Pero el tiempo, que es un filtro sabio aunque a veces tardío e injusto —porque ciertamente se quedan en el olvido muchas obras buenas, pero con las malas la desmemoria es inflexible—, ha permitido una especie de vida quieta pero alargada para este Zafarrancho aquel de vía Merulana. Fue otro inclasicable comercial quien lo consideró obra cumbre en su lengua italiana: los palabras de encomio de Italo Calvino suman poliedros a esta la novela de mútiples voces y destellos. Reflejos que bañan a obra y autor, que no solo produjo historias magníficas, sino que hasta tiempo tuvo para diseñar la central que aún hoy alimenta con electrones a una parte del Vaticano.

La novela arranca con una excusa policial: un robo, complicado algunos días después con un cruento asesinato en el mismo piso de esa vía Merulana ahora tan venida a menos. Y es donde empieza el trasunto funambulesco: el narrador nos va desviando por entre sus digresiones circunstanciales y la verborragia de una voz interesada en hundirse en los detalles inconsecuentes pero fácticos de lo que acontece con los personajes involucrados. La pista policial pronto se enrevesa con los absurdos y el magnífico vendaval de dialectos y voces van armando aquel verdadero zafarrancho de contradicciones y enredos, bajo la sombra omnipresente y ridícula del Fascio y su líder rocambolesco y fanfarrón. No queda ninguna figura en pie con el trazo fulminante de la prosa de Gadda y ante el lector se pinta una Italia magistralmente retratada en toda la extensión de sus tragedias y piezas cómicas. Y ya para el final cada personaje se nos ha incrustado en el corazón: desde las pobres y jovencitas costureras al servicio de la fuerza policial y carabinera —que no solo necesitan zurcir sus medias sino también calmar algunas otras penas—, pasando por el dulce y rubio ángel siempre presto a sosegar la angustia de las rubias turistas del norte, hasta los comodoros gourmand traicionados por su timidiez y su inconfesable gusto por las carnes magras y varoniles. Todo mientras a su alrededor los detectives Igravallo y Fiumi conspiran por regar con algo de luz la turbia madeja de versiones y pistas confusas que ocultan a los terribles malhechores de los dos crímenes sin resolver.

Pocas veces una novela alcanza tales niveles de osadía textual sin perder el ritmo ni la fuerza narrativa, en medio de esos contrastes altisonantes como solo Italia parece ofrecer: de un lado la regia civilización romana y su legado —la Iglesia, el imperio — y la vida asutera y sensual de quienes sobreviven la pobreza a punta de astucias. Joya que merece más lecturas y muchos comentarios.

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