Archivos para 27 marzo 2015

La soledad del presidente profesor

La función de un gobernante es, por principio, actuar. Pero me parece que esta definición, sencilla y directa, lleva en su sencillez la misma razón de su frequente menosprecio: incluso el mismo PLuis_Guillermo_Solís,_Costa_Rica_09latón aseveró en su República en que los gobernantes debían ser filósofos. Puede decirse entonces que no le bastó vivir por sí mismo el fracaso estrepitoso en Siracusa de sus reflexiones políticas. Y su ejemplo tampoco evitó que muchos siguieran tratando de llevar a la práctica sus consejos mal avenidos (quizás si Platón no hubiera salvado el pellejo en su aventura utópica, habría habido menos gente dispuesta a escucharlo tan al pie de la letra).

Pero es que aquellos que han visto la cuestión de la gobernanza con ojos realistas terminan muchas veces acusados de pérfidos o cortesanos arribistas – en un extremo Maquiavelo y en el otro Gracián –. Y no basta que de vez en cuando un intelectual reconozca el desastre que significaría si los que se dicen pensadores ostentaran el poder. Son pocos los García Márquez – criticable a veces por sus posturas políticas – que sabiamente rechazaron los intentos de algunos por llevarlos al gobierno. Mostró buen tino el colombiano de saber que no es lo mismo teorizar o escribir novelas, a llevar las riendas de un grupo de gente con intereses dispares. (Quizás ahora Vargas Llosa le agradezca a Fujimori que le ganara aquellas elecciones lejanas en los noventa: así puede ahora ponerse el birrete de premio Nobel, igualito que su ex-amigo el colombiano que se lo ganó con tanta ventaja, y no dolerse como presidente derrocado y desterrado à la Rómulo Gallegos).

Es que a veces la gente pensante no solo habla y escribe con gracia sino que ejecuta de la misma manera, y sí, hay alguno que de gobernar no ha salido tan mal parado – pienso en Sarmiento –, pero creo que es el recuerdo de golondrinas así de escasas lo que tristemente lleva a algunos pueblos a escoger a quien no debía salir de las aulas para que los mande. Porque si hay algo que pronto se hace notar de un presidente profesor, es que no están acostumbrados a que les lleven la contraria, ya que si hay un lugar donde la democracia no es aún admitida del todo, es en las cátedras universitarias. Los académicos somos aún de los pocos que seguimos gozando de una autoridad prácticamente incuestionable en nuestras aulas y laboratorios, y de ahí que nos cueste manejar puestos o responsabilidades donde las jerarquías y la negociación son un asunto medular. Es en este sitio donde se estrellan entonces las ideas contra la realidad de la rigidez del entramado social – que de por sí no es negativo, pues la estabilidad de los sistemas asegura de muchas maneras la paz social. Un precio pequeño entonces por pagar. Yo especulo que sea tal vez la capacidad de concentración y pensamiento en un arco reducido de problemas – lo que típicamente guía la práctica académica exitosa – lo que le reste a los académicos aquellas artes que deben definir a un buen gobernante: la negociación de miras abiertas, la rapidez para actuar, e incluso cierta duplicidad – que aunque tachemos de maquiavélica, es una baza de la que ese han servido aquellos a quienes hoy se recuerda como gobernantes: Churchill, Roosevelt, Catalina la Grande, de Gaulle, el mismo Figueres y tantos otros que supieron pasar por el gobierno haciendo más de lo que decían – ¡y vaya que Churchill, por mencionar uno, hablaba!

En fin. Que si el profesor ha sido electo hace un año y por tanto margen, habrá que respaldarlo, pero haciéndolo recordar a menudo que el país no es un aula y que su labor no es la de enseñar sin discusión. Y así, de paso, que se le recuerde que la república democrática es un asunto de normas y contrapesos, y de escuchar a quienes disienten, y de mostrar pronto resultados. Porque la acción del gobernante democrático implica negociar, transigir y ejecutar cuando es debido, y ante todo respetar la legalidad, sea uno presidente o funcionario. Los títulos académicos no eximen de la responsabilidad de quien ejerce autoridad. Y si se es bueno para exigir que se cumplan convenios y normas que aseguren mantener los salarios universitarios de ministros, directores ejecutivos y presidentes legislativos, también hay que serlo para respetar las normas establecidas de nombramiento de personal y de trámites consuetudinarios en ministerios, instituciones autónomas y el mismo congreso.

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