Sesenta años de juventud

Bajo el sombrero de paja, no importan las arrugas en la papada ni el bigote cano que sigue siendo ralo –como el de un niño junto a su hermano más barbudo en muchas fotos de las que se tomaron aquellos días por la sierra–. Porque esta revolución sigue siendo de los jóvenes, como dijo el niño anciano. Por eso viajaron a aplaudirlo con ansia otros tantos viejos que también prometen futuro para sus pueblos.  
A sesenta años de la hazaña en el Moncada, a otros tantos del juicio en que el máximo comandante –aún sin barba que disimulara el mentón hundido– se declaró absuelto por la historia, a unos pocos menos de las cruentas batallas en la selva y el descenso de los mau-mau a la ciudad, se siente la esperanza aún viva. De que el mundo amanece y hay una nueva ruta en la bŕujula. Por ahora solo falta esperar a que los viejos que fueron jóvenes no se olviden de morir.
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