Archivos para 1 julio 2011

De atrapar insomnios

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Evaluar un libro de relatos es moverse en arenas movedizas, donde perder el pie puede significar hundirse en el intento funesto de abarcar con un trazo endeble una colección de voces que no son sinfonía (y que no pretenden serlo). Porque cada relato, generalmente, es una pieza única, una sola pelea a resolver por KO, si uno quiere aferrarse a la gastada imagen que Cortázar hizo del género. Y evaluar el suceso de un libro de relatos por tanto, apoyándose en un intento unificador, es ignorar el caráter atómico del mismo e, incluso, justificar esa creencia tan arraigada de que el cuento es un género menor, y que solo por calidad acumulada es dable proponer si una colección de cuentos es algo bueno o no. Evaluar en conjunto es, por ende, ser injusto con el autor, que con un libro de relatos arriesga su pellejo con un afán por multiplicar sus registros en siete, ocho obras que, si se parecen mínimamente en estilo y efectos, pueden tacharse de monótonas, mientras que si se esmeran en lanzarse por espectros esparcidos, pueden acarrear sobre la colección la temida acusación de ser de una calidad irregular. Pero peor, es ser injusto aún más con el lector, que puede no encontrar en el resumen apresurado del presentador el gancho sincero que lo atraparía en alguno de los recovecos del libro.

Los libros de relatos son, propongo entonces, especies extrañas que hay que tratar con delicadeza. Son el receptáculo de caprichos y lances temerarios, donde el autor arriesga, cada vez que inicia un nuevo relato, el cinturón que viene de ganar del relato anterior (si seguimo con las imágenes boxísticas). Aquí, no se trata de acumular puntos a lo novela (sigo con Cortázar), sino de hallar aquel relato que nos deje tendidos en la lona. Por eso, esta noche, y aprovechándome de lo bastante que conozco la obra de Heriberto y sus manías, he preferido concentrarme solo en dos de sus relatos de Atrapainsomnios, para alabarlos por lo que son: obras únicas en su estética y gozo. Y le dejo a los lectores aquí presentes la tarea de buscar los propios en este libro, si es que sus gustos no coinciden con los míos.

Sé que Heriberto ha transitado muchas veredas literarias. Aunque él lo niegue –porque un autor que se respete debe siempre dar esa facha de tener un estilo pétreo y definido, aunque ya ven que el estilo de Borges es diferente en cada libro que hizo. Pero ese transitar es más bien, como debe serlo en un autor que se precie, la búsqueda del registro adecuado para que aquello que se narra. Heriberto va entonces ondulando sus relatos entre la realidad y la fantasía, el juego onírico y la más deliciosa ironía, jugueteando deslices entre sus historias de hombres y mujeres desencontrados.

Pero hay constancia, porque Heriberto tiende a hilar sus narrativas con un hilo conductor común: el poder del eterno femenimo. Así que empiezo con “Héroe en Roma”. Quizás porque es por así decirlo un Heriberto-classic. Desenfado en el personaje. Desenfado en la prosa y el humor negro. Un héroe anónimo ansioso de dama – por eso lo del poder de lo femenino que digo aflora en muchas de las historias de Heriberto – que como Odiseo está a punto de ser la masculina presa fácil de un par de piernas acogedoras. Ah, la añagaza perfecta para meter a un hombre en cualquier problema, hasta en una contrarrevolución en un país caribeño y bolivariano. Pero el narrador, el personaje central, tiene adentro el mismo instinto de Ulises, de querer probar la fruta prohibida sin envenenarse. Puede haber necesidad de mujer, pero antes está la necesidad indescriptible de no dejarse mandar, por una mujer, por el deseo de una mujer, – algunos la llaman machista, yo diría más bien indispensable para cualquier humano, hembra o varón, la de acuerpar sus propias decisiones y roturar rutas que no son las comunes sino las que dicta el alma torturada, aunque se desilusionen los demás, o el mismo cuerpo. Aquí, el desenfado del personaje, el saberse un fracasado nostálgico que se acepta tal como es, esa es la soga que lo ata al mástil al narrador.

Luego está “Cuestión de vida o muerte”. En un estilo encabalgado, con algo de Bolaño, hay un no sé qué en este relato que me mete espanto junto con sonrisa. Me recuerda a la estadounidense Shirley Jackson, esa capacidad de entrelazar lo fantástico y lo gótico en una historia que se pendula entre lo pedestre y lo espeluznante. Tres hombres, dos mujeres, en la más común y aburrido de una existencia que la trama va volviendo imposible, culminada por un desenlace ineludible por lo común y definitivo. Aquí Heriberto, sutilmente, junta lo inenarrable del fin existencial con lo banal que resulta nuestra conciencia cuando debe enfrentarse con la inmensidad afuera de este saco de nervios que somos: el misterio que es estar vivos, o muertos. Se ha dicho muchas veces que través del mito, de lo simbólico, el humano busca explicarse el universo y la más grande incógnita: ese misterio de la conciencia. La angustia existencial, esa que algunos llaman psique, nos mantiene insomnes con sus impulsos y y vocecitas, y el hacer relatos es precisamente un intento por darle respuestas a las inquietudes que nos vienen del coro. Pero el símbolo es un intentar aferrar el aire con la mano abierta, donde no hay respuesta definitiva y la duda pervive. Así, los cinco personajes de este relato bien pueden ser el hijo de Pedro Páramo, que no consigue racionalizarse muerto y por tanto emprende la busca del padre. Aunque al final solo esté el fracaso y la incapacidad de la mente de coligir aquel gran misterio que la envuelve. Los cinco abandonados quedan en el limbo, como al final lo estamos todos, de este o del otro lado, donde los espectros de la separación cuerpo-alma quedan resueltos ante la invencible carnalidad: el símbolo queda supeditado a la única realidad, un grupo de huesos, la capacidad de procrear. Lo demás es hablada.

Yo no voy a hablar más: aquí vinimos a escuchar a Heriberto. A oírle orlar sus historias, las del género humano que busca aprehender entonces lo eterno en lo efímero de la existencia, aunque cada intento termina en fracaso, porque las historias son solo metáforas para explicar algo que no es explicable. Mas no está mal que mientras dure el embrujo, hayan algunas sonrisas y un poco de reflexión.

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