Al principio del ciclo

Tienen las estaciones en las zonas templadas esa belleza de la circularidad que nos permite empezar de nuevo: pasado el gris invierno con toda su fuerza para matar, renace la vida de un envión y de pronto hay esperanza en los ojos. Un deseo de descansar que nos invade brevemente, como si se tomase impulso para luego lanzarse al loco gasto de fuerzas del verano, antes del suave descenso otoñal y la busca de reservas para el próximo invierno. Es este un proceso que no nos es inmediato para quienes vivimos en las zonas tropicales, y bastante, sabemos, ha sido utilizado como excusa/justificación para la inferioridad cultural y social que generalmente se achaca a los países más cercanos al ecuador. Quizás, halla cierta razón en tales criterios, porque la planificación más que una virtud, es una necesidad en las zonas templadas. Pero yo no sé si creerme explicaciones tan sencillas cuando antiguas civilizaciones en estas regiones más cálidas encontraron igualmente las formas para proyectar y crecer (sin olvidar excepciones hoy día como Taiwán, Singapur o Hong Kong, bien en la zona tropical).

Yo últimamente, prefiero hacer mis apuestas teleológicas por otras dos vertientes. Una es la de la madurez social (alguien, alguna vez, ya usó este símil, el de ver a los países como personas en distintos grados de desarrollo corporal). Otra es el azar. La última vía, por supuesto, es impredicible e incontrolable. Y fue por esa vía, supongo, que Costa Rica logró sacar por un tiempo ventaja: en lugar del común dictador populista o los mediocres líderes domesticados tan comunes en la región, tuvimos una seguidilla de dirigentes bastante listos, que montaron un sistema social bastante eficiente, que funcionó bastante bien y nos hizo adelantar un poco nuestro estilo de vida. Pero el azar dura poco y existe lo que se llama la regresión a la media. En la actualidad, creo, nuestros políticos no están mejor (y en cierto caso, creo que están peor, al menos que en Brasil y Chile) y puesto que no se utilizó esa ventaja suertuda para adelantar en nuestra madurez, pues es lógico ver como el entramado se desmorona.

Es aquí donde vuelven las estaciones. Porque nadie madura más rápido que quien sabe que es asunto propio el asegurarse que para la próxima primavera aún se esté vivo. Quizás, de alguna manera, uno pueda copiar esa necesidad de planificación, de actuar como organismo integrado, qué se yo. ¿Existirá la forma de imbuirnos en el ADN social esa compulsión organizadora? Quizás, es tiempo de ir olvidando la mano paterna del Estado o la esperanza de que el azar nos conceda de nuevo algún líder no tan malo. Va siendo tiempo me parece de que tomemos el asunto en nuestras manos. Pienso en el caso de aquel puente sobre el río Tárcoles, con sus muertos. Tres años después aún el Estado no lo repone y me imagino que habría pasado si esto hubiese ocurrido en otros sitios, (digamos Taiwán para evitar siempre pensar en el norte), si el puente fuera (cómo lo es) un enlace vital que asegurara la supervivencia de los que viven al otro lado. ¿Habrían esperado estas gentes la mano salvadora del gran hermano o se habrían pronto lanzado ellos mismos a su construcción? Se me ocurre que no teniendo estaciones, al menos, este inicio de año es buena época para cuestionarse lo anterior.

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