Archivos para 27 agosto 2010

La rabia y la furia

Por algún lado de su libro Perro blanco soltó la frase. Romain Gary. Que el motor de los escritores es la rabia. No sé si acuerparlo del todo porque no sé hasta donde la rabia puede hermanar el rango dinámico de la tragicomedia que hizo Shakespeare con la tersura casi estoica de Chejov, el trabajoso intelectualismo de Borges o la sonora impermanencia de Joyce. Pero claro, Perro blanco es un libro lleno de rabia que discurre sobre un momento rabioso en los USA: la batalla por los derechos civiles de las afrodescendientes. Explico: “perro blanco” era el mote que daban los negros a los perros entrenados por las fuerzas policiales del sur de EE.UU. para atacar a cualquier persona con tez demasiado oscura. Los usaban desde la misma guerra civil y desde antes, para perseguir esclavos. Gary encuentra un perro perdido recién llega a vivir en LA con su entonces esposa, la trágica Jean Seberg (siempre fue trágico lo que rodeaba a Gary). Era un ejemplar cariñoso y perfecto de pastor alemán. Pero un día, Gary o Seberg, no recuerdo, recibe a un operario para realizar una reparación o un cartero a dejar una carta, no recuerdo, en su casa lujosa, y el perro se torna un frenesí de furia incontrolable que se abalanza sobre el visitante. El visitante es negro. A partir de ahí, Gary se embarca en una lucha por transformar al perro. Consigue un entrenador de perros, negro, que acepta el trabajo. Aunque Gary siente una mala espina, sabe que es eso o sacrificar al animal. Entonces, al final del libro, desaparecen entrenador y perro. Gary va con un amigo, judío, a tratar de hallarlos. Quiere su perro de vuelta. Por desgracia, se separan en medio del barrio zarrapastroso donde vive el entrenador. El amigo judío tiene la mala suerte de encontrar la casa primero. El perro, suelto, le ataca y lo deja exánime, casi agonizante, antes que Gary pueda llegar a controlar al animal. El perro blanco, ha sido convertido por el entrenador en un perro negro.

Esa la rabia/furia de Gary. Que al final blancos y negros son iguales, presas del sinsentido de una raza, la humana, que creyéndose superior, se arroja el derecho de manipular a otra raza, fiel, valerosa, la canina, para realizar sus propios y ruines propósitos. Pero yo veo, quizás, de un modo más general, que existen muchos motivos para la rabia, que no pasan por el color, o la religión. Ni siquiera el sexo y el género. Y que el escritor debe nutrirse de aquéllos para soltar sus palabras y así, al menos, no estallar por dentro. Para que la estulticia humana quede retratada y el escritor sienta que algo de dolor se borra con sus palabras quizás inútiles.

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En el hemisferio

Hay siete hombres bajo la lluvia, siete paraguas alrededor de un poyo en cualquier parque; alguien lee un evangelio desde un pedestal. La ciudad, húmeda, es friolenta por engaño y los perros ambulan sus hambres por las calles en fuga. Siempre es posible sorprenderse por ese San José que existe en su grandes fealdades y sus bellezas chicas, regodearse entre el abandono de los lotes baldíos donde todavía queda algún trozo de historia y encanto flotando salvo de la marea que lo quiere borrar todo. Uno de los siete hombres tose. Hay un retumbo tuberculoso de flemas y un escupitajo que revienta verde contra el piso que se empoza. Pero el predicador no se detiene en su convencimiento, de que su misión es nueva e ineluctable. Yo creo que, simplemente, los siete hombres encuentran en las llamas de su boca un refugio contra el agua y el viento. Contra la indolencia y la ciudad que se desmorona.

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