Caras, puentes y descaro

Se llevarán la sorpresa cuando les llegue el cobro del marchamo. Fue el facilismo de nuestro flamante ministro de Transportes sobre los ochenta mil y pico de costarricenses que debemos una multa de tránsito. No debería sorprender: cuando de respuestas irreflexivas se trata, pocos sacan las cuentas y verifican sus palabras antes de dejarlas salir de sus bocas. No debería sorprender: achacar a la irresponsabilidad y a la desidia de ochenta mil y pico de costarricenses el atraso de pagos de multas de US$600, US$400 dólares es desconocer las realidades económicas de los ciudadanos que estos señores dicen gobernar. Quizás, nadie de nuestros diputados piensa, ni ninguno de los periodistas que levantan estas noticias supone, que la mayoría de esos ochenta mil y pico de costarricenses tendremos que esperar al aguinaldo para poder cumplir con la obligación de pagar una multa que, en países como EE.UU., tienen un equivalente de un cuarto, un quinto de dicho monto. Hagan las cuentas. Con los intereses propuestos, sin posibilidades de arreglo de pago, sale igual esperar a diciembre que a pagar la multa con tarjeta de crédito (si es que esto fuera posible) o con los intereses de cuaqluier de usurero que nos prestara la plata para cumplir con la ley. Es que no se le ha ocurrido a ninguno de nuestros expertos opinólogos, como podría acotar un economista recién graduado (sin necesidad de que sea un Stephen Levitt), que hay un momento en que las penas económicas dejan de tener sentido. Sobre todo cuando se vuelven impagables.

Pero insisto, no debería sorprender. Que este ministro diga a continuación de su falacia gratuita que las penas de cárcel no se están aplicando porque no tendríamos donde poner a tantos condenados. Contraste entre este código de Hamurabi –y los cadíes que lo ejercen– y las autoridades del estado yanqui de Texas, donde adelantar en zona prohibida se multa con el equivalente de 75 mil colones, pero conducir ebrio conduce inapelablemente a la cárcel y a un curso de reeducación social.

Yo solo me cuidaría, señor ministro, de que esos ochenta y pico mil de costarricenses no decidamos en diciembre no pagar tampoco, y salgamos a bloquear las calles. Hartos de recibir multas escandalosas por infracciones irrisorias como no llevar a los hijos subidos en un cojín ridículo, mientras en nuestras ciudades los semáforos se violan a placer.

Pero es que no debería sorprender, si es este mismo jerarca, a más de un año de la tragedia sobre el puente de Orotina, a varios años de las denuncias sobre el pésimo estado de puentes y carreteras nacionales, quien hoy pone la cara compungida por el puente roto sobre el río Seco y una provincia aislada por su ineptitud y la de los que lo acompañan.

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