Archivos para 8 diciembre 2009

Entre la duda, los pesos y la hipocresía

Difícil es hacer ciencia cuando la duda no existe. El principio cartesiano es la base de la revolución científica, pero también es su punto débil, porque con dudas, ¿cómo convencer a los que ponen los pesos? En mi ámbito me toca, a menudo, lidiar con preguntas de este tipo: “¿pero cómo asegura usted que su dispositivo va a funcionar?”. Una pregunta que viene de especialistas en investigación, especialistas pero no investigadores, de los que creen a pie juntillas que la investigación puede enseñarse con manuales, charlas y presentaciones de Power Point. Especialistas que creen que la ciencia siempre es deductiva, que partiendo de una premisa, llego a una conclusión insevitablemente, si sigo el procedimiento correcto. Esa es la manera en que se asignan los fondos de investigación, y no solo en nuestro poco tecnológico país: se dan a aquellos que muestran, de manera más solida, cómo su proyecto tendra éxito. Pero lo cierto es que la ciencia, ante todo, es empírica, inductiva y, por ende, nunca asegura toda la verdad. Mucho menos el éxito. Pero eso suena a anatema, para muchos: que a menudo los descubrimientos son más obra del azar que del empeño, y que el saber-cómo sea siempre más importante que el saber-qué (lo siento, por los científicos naturales, pero es lugar muy común, que la técnica vaya generalmente adelantada a la teoría, sin por esto negar que la primera sin la segunda pende sobre el vacío). (Imaginarse aquí, a los Wright, llenando formularios en el MICIT, explicando como harán volar su aparato y fundarán la industria aeronáutica, desde una fábrica de bicicletas.)

Pero como dije, cuando hay dudas, sin prometer resultados, no es fácil obtener fondos. Ni premios ni ascensos. Entonces aparecen los casos, como el del reciente fraude a Nature y a Science, de Jan Hendrik Schön. La coraza académica es fácil de penetrar, si se usan los obuses adecuados, sobre todo los que apuntan al ego siempre adulable de la noble academia. Si uno ofrece los reconocimientos adecuados a sus pares y unos resultados dentro de lo razonable, más seguridad de oráculo a la hora de predecir, entonces la pelota está casi adentro. Nadie, pocos, verifican, si la predicción se hizo hacia adelante o hacia atrás. O si, en el camino, hicimos tests negativos, algo así como la infame falsación poperiana al menos, que tan pocos fans agrupa. ¿Por qué querría probar yo si estoy equivocado? No, yo quiero probar que estoy en lo cierto: porque el sueño de todo académico es predecir y que se confirmen nuestras predicciones. Es ser como un pequeño dios.

Ah… es la arrogancia epistémica. Linda frase que le robo a Nicholas Nassim Taleb. La de que todo se puede predecir (habrá quedado Newton atrás, pero no su ambición, la de un saber omnipotente): la economía, el clima (cómo me gustaría recomendarles el Cisne negro, de Taleb: una lección de humildad, si tanto fallan los meteorólogos prediciendo el clima de aquí a dos días, ¿cómo puedo confiar cuando me dicen lo que pasará dentro de cinco o cien años?).

Así, en Copenhague, se discute sobre cambio climático. Y la prensa nacional abunda en noticias apocalípticas. ¿Saben los lectores sobre lo disputable de muchas de las aseveraciones en esa conferencia? ¿Sabrán sobre el escándalo de los correos electrónicos y la manipulación de datos que borraron, de un plumazo, aquellos que insinuaban que el calentamiento de hoy no era nada nuevo, y que en los últimos diez años, las temperaturas más bien parecen haber caído? ¿Sabrán que son muchos los científicos que no participan de este movimiento, no porque no estén comprometidos con la conservación del planeta, sino porque no existe aún una respuesta clara a sus dudas, como el reconocido físico Freeman Dyson? Dudas que no solo se alimentan de los modelos, los cálculos predictivos—no mucho más robustos que los mismos cálculos financieros que tanto denunció Taleb como basura sin sentido que llevó directo al crack del 2008—, sino también de los intereses por debajo, de los millones de dólares en juego que solo se dan si, ante todo, no hay dudas en el medio. Y es que, cuando la limosna es grande, el santo tiene obligación dudar.

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