Regresar es empezar de nuevo

Tres semanas y es como un curso relámpago de inmersión. Recordar los recovecos de la casa antigua. En dos semanas pasé el choque con la burocracia, las reglamentaciones, las puestas al día oficiales con todas las instituciones que de una u otra forma conspiraron con mi exilio voluntario de 4 años por el sur (trámites lejos aún de la conclusión). Una semana de recuperación obligatoria y aún tengo la agenda llena de llamadas pendientes, de vínculos por reconstruir. Luego de los amigos vendrá el trabajo de limpiar los vocablos, rehacer la lengua y readaptarme a la idiosincracia. Pero esta es una estadía definitiva, así que habrá tiempo para deshacer la madeja tranquilo.
Mas ahora, en que me he quitado los lentes vacacionales de mis últimas visitas, me saltan astillas a las pupilas que juro que me asustan. Quizás porque cuatro años sirven también para eliminar los filtros contra algo que ya estaba allí pero que mis sentidos no veían. Me cuesta acostumbrarme de nuevo a las calles y las casas sin número (tuve que recurrir a Google Maps para averiguar la localización del Consejo de Seguridad Vial: en todos los sitios oficiales la dirección era la misma: La Uruca, así, nada más). De repente, buscando en el dial, se me hacen demasiadas el montón de emisoras que trasmiten-locutan en inglés (en mal inglés). Y me ha chocado un poco la maña de muchos funcionarios que me han atendido en estos días, de mezclar el usted con el tú. Eso y tantas madres que he escuchado, dirigiéndose a sus niños con tuteos de cariño maternal: “Ven aquí, siéntate acá”. El vos, me temo es cada vez menos popular en mi tierra. (Solo en Cartago, me parece, se mantiene corriente y fuerte: bien por la vieja metrópoli). Ya hasta los diarios como Al Día, y las emisoras como Super Radio, prefieren el castizo tú. Pero yo prometo dejármelo en mi lengua como un recordatorio anquilosado de mi herencia; cuando mis coterráneos estén tuteando ya todos yo trataré de ser el último en insistir con el voseo que usaba mi abuelo, aunque me digan luego que mi “vos” viene de creerme argentino por los cuatro años allá en la Patagonia, como me espetó alguna vez un amigo mexicano. O al menos me iré a vivir a Cartago, no más.

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