Archivos para 31 mayo 2008

Algo más para la nostalgia

Dando vueltas por YouTube. Un par de clásicos de aquel rock-pop electrónico con que fui a la Universidad. Depeche Mode (Personal Jesus) y New Order (Blue Monday). Las noches de disco y fiestas de año nuevo en la playa vienen ahora como dulces memorias de días que quizás entonces eran aburridos. La música, empero, sigue estando bien. Entretanto, voy releyendo Balthazar (¡antigua edición francesa!, la primera vez la leí en español, nunca he podido dar con un original en inglés), segundo tomo del cuarteto de Alejandría de Durrell. Ciudad inefable en la ensoñación del autor, exploración del recuerdo que traiciona y de las múltiples aristas de cualquier verdad, cruce de amores y anhelos que nos vuelven extraño el país del recuerdo (la cita de Hartley es cada vez más punzante desde el invierno austral).

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Certezas de maíz

Asegurar porvenires en insinuaciones. La mano que no tiembla, una mirada, un gesto nervioso (tocarse la cara cuando te habla), alguna frase malinterpretada. Las certezas son apuestas basadas en el azar de un pálpito y un mucho anhelo. Luego quedan las dudas sobre lo ocurrido, en qué momento se descarrila algo que parecía llevar buen camino. Es cosa difícil la de aprehender la verdad cuando no se posee toda la información. No queda más que cargar la mochila, resignarse a que alguna vez habrá expliación. Antiguamente, se apelaba a los designios misteriosos de un ser superior. La historia de José en Egipto es el arquetipo en que se sostiene entonces la fe de aquellos que no comprenden sus contratiempos (José es, del antiguo testamento, quien mejor prefigura luego la pasión de Jesús: obligado a pasar terribles males, su llegada como esclavo a Egipto asegura la salvación de Israel).

Hoy no sé si tenemos la paciencia para adjuntar a principios más altos las jugarretas que nos hace sufrir el destino. Pero poéticamente, es un tema que da. Miguel Angel Asturias lo usa como columna vertebral en Hombres de maíz. Los hechos disgregados en múltiples historias aparentemente inconexas, se van tejiendo en una maraña de causalidad que es imposible de colegir completa. La muerte/resurrección del cacique Gaspar Ilom, de los brujos/luciérnaga, la huída de la mujer del cacique con su hijo (maíz) y la lenta venganza sobre los policías de la montada y los traidores, muerte de curanderos que se traslapan en venado. La peregrinación del correo coyote y del ciego Goyo Yic en pos de sus Marías Tecunas, mujeres malagradecidas que abandonan, hasta que se descubre, que una es víctima inocente y la otra huye porque ama demasiado al ciego que recupera la vista. Todo en un lenguaje barroco con ecos quiché. Magia. Amor. Muerte. Tan cerca Guatemala de Costa Rica, pero más de México. El vocabulario, de los años 40, a veces es el de mis padres y a veces no. Solo en el voseo recurrente de los personajes ya la sitúa uno más de este lado que de aquel.

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Rumores desde detrás, muy atrás


A Fleetwood Mac llegué por su cuarto o quinto álbum, con el line-up que hizo fama. Como tantos adolescentes, uno terminaba enamorado de Stevie Nicks (especialmente de aquel dueto con Tom Petty: “Stop draggin’ my heart around“). Tarde para Rumours. 1977. Era la época de Travolta flaco y los BeeGees en falseto. Pero lo bueno no muere: Rumours en el aire aún. De ahí vino el único número 1 de la banda: Dreams. ¿Quién recuerda las número uno del año pasado? El wiki acá. Del mismo, la lista de canciones (remaster del 2001):

  1. “Second Hand News” (Buckingham) – 2:43
  2. “Dreams” (Nicks) – 4:14
  3. “Never Going Back Again” (Buckingham) – 2:02
  4. Don’t Stop” (C. McVie) – 3:11
  5. Go Your Own Way” (Buckingham) – 3:38
  6. “Songbird” (C. McVie) – 3:20
  7. “Silver Springs” (Nicks) – 4:33
  8. “The Chain” (Buckingham, Fleetwood, J. McVie, C. McVie, Nicks) – 4:28
  9. “You Make Loving Fun” (C. McVie) – 3:31
  10. “I Don’t Want to Know” (Nicks) – 3:11
  11. “Oh Daddy” (C. McVie) – 3:54
  12. “Gold Dust Woman” (Nicks) – 4:51

Los enlaces llevan a algunos videos de 1977 y de la gira del 97. Ah, y la toma de posesión de Clinton (mírenlo bailar: suerte para él, que la mayoría de los músicos son demócratas). El sonido sigue siendo puro. Como bajista, John McVie va por el estilo del gran John Entwistle: serio, quieto, lleno, melódico, el tipo de bajista que yo hubiera querido ser, si hubiera tenido el talento. Mike Fleetwood sabe cumplir. Las voces de Lindsey Buckingham y Christine McVie siguen a tono. Stevie ya no canta igual. Pero su mirada es capaz aún de embrujar.

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Jane Austen y Qohelet

Tomar el toro por los cuernos. Hundirse en la dulce anomia del fatalismo. Mi amigo Heriberto dijo una vez que Eclesiastés puede ser un libro proto-existencialista. Su celebrado segundo versículo puede que ya solo le dé la razón a mi amigo: “Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo vanidad”, de la versión de Reina Valera, tan emparentada con la del rey Jacobo inglés, lejos, lejos, en las antípodas de la insulsa “Nada tiene sentido” de la versión latinoamericana. Qué lejos también de la seguridad de tantos salmos, de tantos otros libros bíblicos, donde el mundo se rige claro: Dios manda y decide. Al justo le espera lo bueno. Al impío la condenación. Solo Job (el largo poema intermedio, no las sencillas introducción ni conclusión) parece emparentarse con esa visión que yo, más bien, llamaría epicúrea. Dios decide, no está en el hombre conocer, justificar, siquiera entender esa decisión. En el Nuevo testamento, solo el Sermón de la montaña en Mateo parece heredar esta corriente de pragamatismo judeo clásico: limitarse a vivir el día, abandonarse a la providencia. No en balde, son mis tres tractos favoritos, algunos salmos aparte, el Cantar de los Cantares-inevitable canto de celebración al amor- y la frase lapidaria de Juan (Jn 8,32) : “La verdad os hará libres”. Verdades en hierro y acero.

Quizás por ello también entonces, con semejante carga filosófica, me sea difícil apreciar una novela que no transite la incertidumbre humana sin recetas. Me frustró por ello el final de Sense and Sensibility: la mano de Austen, evidente, forzando un final que ni siquiera en la versión fílmica es creíble. ¿La dulce y alocada Marianne, enamorada y sosegada señora del aburrido coronel Brandon? Podrá parecer lo correcto, es lo que uno quisiera, ¿no? Que los hombres “buenos”ganaran las mujeres bellas. No los Byron demoníacos, los Willoughby despiadados, desgracia de tanta doncella. Pero el mundo no es así. El corazón femenino es un misterio: los Don Juan ganan y no hay novelista que lo pueda disfrazar (y si alguna mujer me increpa, está en lo cierto: las Cleopatras también se roban a menudo los hombres de las Penélopes). Claro, entonces, ¿dónde la justicia? Hmm. Lo dejo para la próxima. Tengo que darle al comentario de Hombres de maíz, de Asturias.

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