Las furias del orgullo

Lo tengo en el recuerdo: Los Simpson causando la furia de algunos miembros del estamento en Río de Janeiro, con su retrato ácido y estereotipado de las favelas y la violenta vida diaria en la antigua capital brasileña (capítulo “Échenle la culpa a Lisa”, para los no muy fanáticos de la serie animada). Hubo hasta amenazas de demanda. No sé si llegaron a algo. El escándalo se perdió en la noche de la desmemoria. Quizás opacado por los comunes enfrentamientos entre narcos y policías en las laberínticas calles de las villas miseria que rodean la metrópolis carioca, o los retratos despiadados de los mismos brasileños en películas como La ciudad de Dios o la más reciente Bope: Tropa de elite (la autocrítica es siempre más fácil de aceptar) sobre una ciudad donde ciertamente parece cumplirse aquel estribillo favorito del yagunzo Riobaldo en Gran sertón: veredas, que vivir es muy peligroso.

Es claro, que en el caso de los Simpson no llegaron los brasileños a los extremos de los islamistas molestos contra las caricaturas sobre Mahoma. (Tal vez. Quién quita y las visas de turista que exigen ahora los brasileños para los yanquis sea la venganza contra la boca floja de Groening y compañía. Habría que averiguar entonces qué programa español ofendió recientemente a Brasil que justifique tanto gallego devuelto ad portas en los aeropuertos de Río, San Pablo y Salvador, y olvidarse de las excusas de la reciprocidad migratoria). Todo esto, por supuesto, sería caldo de cultivo para teóricos serios y respetados como Samuel Huntington o Victor Davis Hansom. Muestras de la incapacidad para la libre expresión y el debate de ideas de las sociedades no-occidentales (porque aunque estemos al oeste, recuerden, que los latinoamericanos no somos tampoco occidentales, ni siquiera extremos, como pretendía Octavio Paz).

Tapabocas sin embargo el anuncito de Absolut en México. La de rechiflas, ripostas, comentarios e insultos enardecidos de ciudadanos estadounidenses/patriotas enojados contra la propaganda. Parece que el humor occidental –es decir yanqui, porque yanqui=occidental, aunque mucho le pese a los franceses y los alemanes– es aceptable solo cuando lo producen made in USA. Huntington puede que lo vea de otra manera: otra muestra más de la invasión indo-latinoamericana que amenaza con desarmar el blanquito andamiaje de la gran potencia líder de la libertad. Yo por mi parte creo que, para ser seres superiores, les cuesta mucho aprender a aceptar el pasado, incluso aquel que no está muy limpio. Al fin ya al cabo que de este lado del muro nos aguantamos la infumable El Álamo, con Crocket y compañía, sin tanta alharaca.

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