De pesares futbolísticos y simples soluciones

El fútbol. Me gusta mirarlo, aunque prefiera el básquetbol. Y admito, que el mundial pasado, invitado a ver el partido ante Alemania por unos colegas argentinos, lo mío era más pavor que pasión ante lo que nos podían hacer los alemanes. Quizás son estos años por el sur, que me han terminado de poner los pies en la tierra, con tanto argentino que me pregunta: ¿Pero en Costa Rica lo que juegan es béisbol, no? Y luego ver sus caras pasar de la extrañeza a la lástima, cuando les explico, que a lo largo y ancho de mi corto país el fútbol es rey (y que los demás deportes languidecen la desidia del gran público): Pero nunca han hecho mucho, ¿no?, alguno me ha replicado, condescendientes al menos. Y bueno, está Italia en el 90, qué se yo. Claro, Argentina, en ese, llegó a subcampeón, y venía de ganar el campeonato anterior.

Así que lo cierto es que no soy de los que apuestan la dignidad nacional, ni mucho menos personal, por el fútbol. Empero, fui solidario y traté de seguir los pasos de Wanchope por esta liga en extremo competitiva, y vi dos de sus únicos tres o cuatro goles, y también fui testigo de su pifia ante Boca Juniors (ese fallido gol en la Bombonera lo hubiera hecho héroe en Rosario). Wanchope se fue y yo dejé de mirar fútbol argentino, en parte porque hay que pagar para verlo por TV. Pero es imposible no tenerlo en la cara el fútbol acá, cuando en cada plaza, prado, vereda, en los clubes de barrio, hay gente pateando una pelota (y atrapándola, y lanzándola, porque acá no solo fútbol se juega: hay rugby, básquet, softbol, hockey sobre césped y hasta tenis popular, pero eso queda para otro comentario). Y fue así como lo descubrí. Que si estamos a años luz de los argentinos, por no decir de los brasileños, es porque esa pifia de Wanchope, la de nuestro mejor goleador histórico, solo, frente al arco vacío, no la habría cometido ningún sudamericano que juegue de cuarta división para arriba. Porque acá, cualquier niño, a los diez, sabe dominar un balón y patear hacia la meta.

Por ahí escucho enésimos comentarios en la prensa costarricense, luego de nuestra enésima derrota en cancha extranjera, sobre lo que pasa con nuestro fútbol, de nuestra incapacidad para anotar. Algunos he escuchado que hasta lo relacionan con la desidia o complejos de inferioridad nacional. Dejemos las teorías, es un asunto sencillo. Miren una mejenga tica. No hay portero. Se juega con un pequeño arco que la mayor de las veces se delimita con dos piedras o tarros. Acá, en Argentina, incluso en la cancha más polvorienta, en cualquier picadito (mejenga) se juega con marco de tamaño oficial, y con guardameta. Acá, para anotar, hay que tirar. Quizás cuestión simplemente de empezar por ahí.

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