18 de enero

Largo día y medio de viaje desde San José a Bahía Blanca. A la noche, por fin ya en cama, tosí un poco de flema sanguinolenta. Los efectos del aire acondicionado del autobús que me trajo desde Buenos Aires, es seguro, sumados a mi descuido por dejar olvidada la suéter que traía en cualquier sitio (paradoja argentina de los buses de larga distancia: en invierno, quedarse en camiseta por la excesiva calefacción; en verano, hay que proveerse de abrigo). Me vi obligado a viajar con la cortina abierta para calentarme con el sol. Me premió entonces la vista de la pampa reverdecida: kilómetros de pastos y vacas perezosas, ovejas trasquiladas, girasoles en flor, trigales en cosecha y bosquecillos con estanques que punteaban acá y allá la llanura larga y soleada.

Fue la mejor compensación para un trayecto pesado. No sé si estamos hechos los humanos para 36 horas de viaje continuo. A veces, envidio a los viajantes pacientes de cuando ir al otro lado del mundo tomaba meses en vez de horas. Tenían tiempo para los ciclos vitales. Ahora, nos castigamos con siestas cortas en asientos de vehículos maravillosamente rápidos e incómodos, hacer espera en aeropuertos, estaciones de tren y autobús repletas de vacacionistas estresados, gente maleta en mano que solo ansía llegar más rápido allá y acá. Para aprovechar el tiempo, dicen. Lejos los días de Thoreau, donde el viaje incluía el disfrute (yo lo viví un poco, los antiguos paseos en ferrocarril a Puntarenas, donde el trayecto era lo que más me emocionaba: la cambiante vista a paso cansino, las vendedoras que subían en las paradas, cargadas de marañones y cajetas). Entiendo entonces que el escritor viera más con sus incesantes paseos por Concord que los que ya rastrillaban Estados Unidos y el mar en afanes de comercio, esperando obtener de sus preocupaciones a futuro la oportunidad de tenderse algún día a disfrutar la existencia y hacer versos.

Sin embargo, ir más rápido, hablar más lejos, parece que construye más trampas y cárceles que paraísos. Gracias a las maravillas tecnológicas, ahora sabemos más sobre la vida privada de la princesa Adelaida (Britney Spears la llaman ahora) que de nuestras hermanas, y hay tarjetas de plástico que nos empeñan la vida por una semana debajo de una palmera. Y lo primero que hacemos, al estar bajo la palmera, es quejarnos de que la red inalámbrica del hotel no llega hasta la playa, para poder verificar nuestro correo electrónico y no descubrir que la tarjeta milagrosa nos ha vuelto esclavos de 51 semanas de trabajo de sol a sol para pagar la sombra bajo la palmera, y la computadora (o el celular) que nos trajo las malas nuevas.

¿No resultaba mejor entonces aquel viaje pausado en tren?

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